parecía más natural, que la gente le hiciera preguntas, no se le ocurrió a nadie, como si
hubiera sido una lechuza de verdad, sorda al lenguaje humano, y muda. Desde la medianoche
hasta que, hacia las cinco, el día empezó a blanquear el cielo por el Este, a medida que la
luna se debilitaba mientras caía por el Oeste, se acercaron a ella varias veces, la tocaron,
varias veces la rodearon, varias veces le abrieron las rodillas, le levantaron la cadena,
acercaron uno de aquellos candelabros de dos brazos de cerámica provenzal —y ella sentía
que la llama de las velas le calentaba el interior de los muslos—, para ver cómo estaba
sujeta la cadena. Hubo incluso un ameri cano borracho que la asió riendo, pero cuando se
dio cuenta de que tenía en la mano la carne y el hierro que la atravesaba, se serenó
bruscamente y O vio asomar a su rostro el horror y el desprecio que había visto también
en el de la muchacha que la había depilado. Una jovencita, vestida de blanco, con traje de
primer baile, los hombros al aire, una gargantilla de perlas, dos rosas de té en la cintura y
sandalias doradas en los pies, a instancias del muchacho que la acompañaba, se sentó al
lado de O, a la derecha. Luego, él le tomó la mano y le obligó a acariciar los senos de O, que
se estremeció al contacto de aquella mano fresca y suave, a tocar el vientre de O, y las
anillas, y el orificio por el que pasaba el hierro. La joven obedecía en silencio y cuando el
muchacho le dijo que él le haría otro tanto, no esbozó siquiera un movimiento de retroceso.
Pero ni aun utilizándola de este modo y tomándola como modelo u objeto de demostración,
nadie le dirigió la palabra ni una sola vez. ¿Era acaso de piedra o de cera, o una criatura de
otro mundo, o creían que sería inútil hablarle, o tal vez no se atrevían? Cuando se hizo de
día y se fueron todos los invitados, Sir Stephen y el Comanda