Literatura BDSM Cincuenta sombras más oscuras | Page 79
quieras, te lo pueden hacer aquí, por cuenta de la casa. Todo tipo de masajes: sueco,
shiatsu, con piedras volcánicas, reflexología, baños de algas, tratamientos faciales,
todas esas cosas que os gustan a las mujeres… todo. Aquí te lo harán.
Agita con aire displicente su mano de dedos largos.
—¿Depilación?
Se echa a reír.
—Sí, depilación también. Completa —susurra en tono conspiratorio,
disfrutando de mi incomodidad.
Me ruborizo y miro a Greta, que me observa expectante.
—Querría cortarme el pelo, por favor.
—Por supuesto, señorita Steele.
Greta, toda ella carmín rosa y resolutiva eficiencia germánica, consulta la
pantalla de su ordenador.
—Franco estará libre en cinco minutos.
—Franco es muy bueno —dice Christian para tranquilizarme.
Yo intento asimilar todo esto. Christian Grey, presidente ejecutivo, posee
una cadena de salones de belleza.
Le miro y de repente le veo palidecer: algo, o alguien, ha llamado su
atención. Me doy la vuelta para ver qué está mirando. Por una puerta del fondo del
salón acaba de aparecer una sofisticada rubia platino. La cierra y se pone a hablar con
una de las estilistas.
La rubia platino es alta y encantadora, está muy bronceada y tendrá unos
treinta y cinco o cuarenta años, resulta difícil de decir. Lleva el mismo uniforme que
Greta, pero en negro. Es despampanante. Su cabello, cortado en una melena cálida y
recta, brilla como un halo. Al darse la vuelta, ve a Christian y le dedica una sonrisa,
una sonrisa cálida y resplandeciente.
—Perdona —balbucea Christian, apurado.
Cruza el salón con zancadas rápidas, pasa junto a las estilistas, todas de
blanco, junto a las aprendizas de los lavacabezas, hasta llegar junto a ella. Estoy
demasiado lejos para oír la conversación. La rubia platino le saluda con evidentes
muestras de afecto, le besa en ambas mejillas, apoya las manos en sus antebrazos, y los
dos hablan animadamente.
—¿Señorita Steele?
Greta, la recepcionista, intenta que le haga caso.
—Un momento, por favor.
Observo a Christian, fascinada.
La rubia platino se da la vuelta y me mira. Él está explicándole algo, y ella
asiente, levanta las manos entrelazadas y le sonríe. Él le devuelve la sonrisa: está claro
que se conocen bien. ¿Quizá trabajaron juntos durante un tiempo? Tal vez ella regente
el local; al fin y al cabo, desprende cierto aire de autoridad.