Literatura BDSM Cincuenta sombras más oscuras | Page 442
adecuado para una consulta psiquiátrica.
Charlamos durante unos minutos. Rhian es un ama de casa con dos hijos
pequeños. Deduzco que ella es la razón de que el doctor Flynn ejerza en Estados
Unidos.
—Ella está bien, Christian, responde bien al tratamiento. Dentro de un par
de semanas la incorporaremos a un programa para pacientes externos.
El doctor Flynn y Christian están hablando en voz baja, pero no puedo
evitar escucharles y desatender a Rhian con cierta descortesía.
—Y ahora mismo vivo entre fiestas infantiles y pañales…
—Eso debe de robarte mucho tiempo.
Me sonrojo y me concentro nuevamente en Rhian, que ríe con amabilidad.
Sé que Christian y Flynn están hablando de Leila.
—Pídele una cosa de mi parte —murmura Christian.
—¿Y tú a qué te dedicas, Anastasia?
—Ana, por favor. Trabajo en una editorial.
Christian y el doctor Flynn bajan más la voz; es muy frustrante. Pero se
callan en cuanto se les acercan las dos mujeres a las que no conocía de antes: Ros y
Gwen, la vivaz rubita a la que Christian presenta como la compañera de Ros.
Esta es encantadora, y no tardo en descubrir que vive prácticamente
enfrente del Escala. Se dedica a elogiar la destreza de Christian como piloto. Era la
primera vez que volaba en el Charlie Tango , y dice que no dudaría en volver a
hacerlo. Es una de las pocas mujeres que he conocido que no está fascinada por él…
bueno, el motivo es obvio.
Gwen es risueña y tiene un sentido del humor irónico, y Christian parece
extraordinariamente cómodo con ambas. Las conoce bien. No hablan de trabajo, pero
me doy cuenta de que Ros es una mujer inteligente que no tiene problemas para
seguirle el ritmo. También posee una fantástica risa ronca de fumadora empedernida.
Grace interrumpe nuestra placentera conversación para informar a todo el
mundo de que en la cocina de los Grey están sirviendo el bufet en que consistirá la
cena. Los invitados empiezan a dirigirse hacia la parte de atrás de la casa.
Mia me para en el pasillo. Con su vestido de encaje rosa pálido y sus
altísimos tacones, se planta frente a mí como un fantástico árbol navideño. Sostiene dos
copas de cóctel.
—Ana —sisea con complicidad.
Yo miro de reojo a Christian, que me deja como diciendo «Que tengas
suerte, yo no puedo con ella», y entramos juntas en el salón.
—Toma —dice con aire travieso—. Es un martini de limón, especialidad
de mi padre… mucho más bueno que el champán.
Me ofrece una copa y me observa con ansiedad mientras doy un sorbo para
probarlo.