Literatura BDSM Cincuenta sombras más oscuras | Page 427
—Ya sé que es muy repentino y todo eso… pero, bueno, yo le quiero. Él me
quiere. Quiere casarse conmigo, y sé que es el hombre de mi vida.
Me ruborizo, pensando que seguramente esta sea la conversación más
íntima que he mantenido con mi padrastro.
Ray permanece en silencio al otro lado del teléfono.
—¿Se lo has dicho a tu madre?
—No.
—Annie… ya sé que es muy rico y muy buen partido, pero… ¿casarse? Es
un paso muy importante. ¿Estás convencida?
—Él me da toda la felicidad que busco —susurro.
—Uf —dice Ray al cabo de un momento, en un tono más suave.
—Él lo es todo.
—Annie, Annie, Annie. Eres una jovencita muy testaruda. Espero de
corazón que sepas lo que haces. ¿Me lo vuelves a pasar, por favor?
—Claro, papá, ¿y tú me acompañarás al altar? —pregunto en voz baja.
—Oh, cariño. —Se le quiebra la voz, y se queda callado un buen rato. Y
mis ojos se llenan de lágrimas al comprobar lo emocionado que está—. Nada me haría
más feliz —dice finalmente.
Oh, Ray. Te quiero tanto… Trago saliva para no llorar.
—Gracias, papá. Te vuelvo a pasar a Christian. Sé cariñoso con él. Le amo
—susurro.
Creo que Ray sonríe al otro lado de la línea, pero es difícil decirlo. Con
Ray siempre es difícil.
—Cuenta con ello, Annie. Y ven a visitar a este viejo y tráete a Christian.
Vuelvo a la sala, enfadada con Christian por no haberme avisado, y le paso
el teléfono con un gesto que le hace saber lo molesta que estoy. Él lo coge de buen
humor y regresa al estudio.
Dos minutos después reaparece.
—Tengo la bendición un tanto reticente de tu padrastro —dice
orgullosamente, tanto, de hecho, que me da la risa y él me sonríe.
Se comporta como si acabara de negociar una fusión o una adquisición
importantísima, lo cual, supongo, en cierto sentido ha hecho.
***
—Vaya, eres muy buena cocinera, mujer.
Christian se traga el último bocado y alza la copa de vino. Yo me ruborizo
por el halago, y se me ocurre que solo podré cocinar para él los fines de semana.
Frunzo el ceño. A mí me encanta cocinar. Quizá debería hacerle un pastel de
cumpleaños. Consulto el reloj. Aún tengo tiempo.
—¿Ana? —Christian interrumpe mis pensamientos—. ¿Por qué me pediste
que no te hiciera fotos?