Literatura BDSM Cincuenta sombras más oscuras | Page 414
—No —murmuro—. Yo también quiero estar aquí.
Su mirada se oscurece, volviéndose más audaz a medida que asimila mi
respuesta. Después de una pausa eterna, habla.
—Ah, son tantas las posibilidades, señorita Steele. —Su tono es grave,
excitado—. Pero empecemos por desnudarte.
Tira del cinturón de la bata, que se abre para dejar a la vista el camisón de
satén. Luego da un paso atrás y se sienta con total tranquilidad en el brazo del sofá
Chesterfield.
—Quítate la ropa. Despacio.
Me dirige una mirada sensual, desafiante.
Trago saliva compulsivamente y junto los muslos. Ya siento humedad entre
las piernas. La diosa que llevo dentro está ya en la cola, totalmente desnuda, dispuesta,
esperando y suplicándome para que le siga el juego. Yo me echo la bata sobre los
hombros, sin dejar de mirarle a los ojos, los levanto con un suave movimiento y dejo
que la prenda caiga en cascada al suelo. Sus fascinantes ojos grises arden, y se pasa el
dedo índice sobre los labios con la mirada muy fija en mí.
Dejo que los finísimos tirantes de mi camisón se deslicen por mis hombros,
le miro intensamente un momento, y luego lo dejo caer. El camisón resbala lentamente
sobre mi cuerpo, hasta quedar desparramado a mis pies. Estoy desnuda, prácticamente
jadeante y… oh, tan dispuesta…
Christian se queda muy quieto un momento, y me maravilla su expresión de
franca satisfacción carnal. Él se levanta, se dirige hacia la cómoda y saca su corbata
gris perla… mi corbata favorita. La desliza y la hace dar vueltas entre sus dedos, y se
me acerca con gesto despreocupado y un amago de sonrisa en los labios. Cuando se
coloca frente a mí, yo espero que haga ademán de cogerme las manos, pero no es así.
—Me parece que lleva usted muy poca ropa, señorita Steele —murmura.
Me pone la corbata alrededor del cuello, y despacio pero con destreza hace
lo que imagino que es un nudo Windsor perfecto. Cuando lo aprieta, sus dedos me
rozan la base del cuello, provocando una descarga de electricidad en mi cuerpo que me
deja jadeante. Él deja que el extremo más ancho de la corbata caiga hasta abajo, tan
abajo que la punta me hace cosquillas en el vello púbico.
—Ahora mismo está usted fabulosa, señorita Steele —dice, y se inclina
para besarme con dulzura en los labios.
Es un beso fugaz, y una espiral de deseo lascivo invade mis entrañas, y
quiero más.
—¿Qué haremos contigo ahora? —dice, y coge la corbata, tira de mí hacia
él y caigo en sus brazos.
Hunde las manos en mi pelo y me echa la cabeza hacia atrás, y me besa
fuerte y apasionadamente, con su lengua implacable y despiadada. Una de sus manos se
desliza por mi espalda y se detiene sobre mi trasero. Cuando él se aparta, jadeante