Literatura BDSM Cincuenta sombras más oscuras | 页面 385
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Contemplo las llamas, anonadada. Llamaradas centelleantes, anaranjadas
con brotes azul cobalto, que danzan y se entrelazan en la chimenea del apartamento de
Christian. Y, a pesar del calor que irradia el fuego y de la manta que me cubre los
hombros, tengo frío. Un frío que me penetra hasta los huesos.
Oigo vagamente voces que susurran, muchas voces susurrantes. Pero es un
zumbido distante, de fondo. No escucho las palabras. Lo único que oigo, lo único en lo
que soy capaz de concentrarme, es en el tenue siseo del gas que arde en el hogar.
Me pongo a pensar en la casa que vimos ayer y en aquellas enormes
chimeneas: chimeneas de verdad para troncos de leña. Me gustaría hacer el amor con
Christian frente a un fuego de verdad. Me gustaría hacer el amor con Christian frente a
este fuego. Sí, sería divertido. Seguro que a él se le ocurriría algún modo de
convertirlo en memorable, como todas las veces que hemos hecho el amor. Incluso las
veces en que solo hemos follado, me digo con ironía. Sí, esas también fueron bastante
memorables… ¿Dónde está?
Las llamas bailan y parpadean, cautivándome, aturdiéndome. Me concentro
solamente en su belleza brillante y abrasadora. Son hechizantes.
«Eres tú la que me has hechizado, Anastasia.»
Eso fue lo que dijo la primera vez que durmió conmigo en mi cama. Oh,
no…
Me rodeo el cuerpo con los brazos, la realidad se filtra sangrante en mi
conciencia y se me cae el mundo encima. El vacío que se ha apoderado de mis entrañas
se expande un poco más. El Charlie Tango ha desaparecido.
—Ana. Tenga.
La voz de la señora Jones, insistiéndome con delicadeza, me transporta de
nuevo a la habitación, al ahora, a la angustia. Me ofrece una taza de té. Se lo agradezco
y cojo la taza, que repiquetea contra el platito en mis manos temblorosas.
—Gracias —susurro, con la voz quebrada por el llanto reprimido y por el
enorme nudo que tengo en la garganta.
Mia está sentada frente a mí en el inmenso sofá en forma de U cogiendo de
la mano a Grace, que está a su lado. Las dos me miran fijamente con la ansiedad y el
sufrimiento impresos en sus hermosos rostros. Grace parece avejentada: una madre
preocupada por su hijo. Yo parpadeo, sin expresión. No puedo ofrecerles una sonrisa
tranquilizadora, ni una lágrima siquiera: no hay nada, solo palidez y ese creciente
vacío. Observo a Elliot, a José y a Ethan, que están de pie junto a la barra del
desayuno, hablando en voz baja con cara seria. Comentan algo en un tono muy quedo.