Literatura BDSM Cincuenta sombras más oscuras | Page 377

—No te asustes. Yo tengo un desayuno de trabajo —me dice, frotando su nariz contra la mía. —Hueles bien —murmuro, y me desperezo debajo de él. Siento una placentera tensión en las extremidades, que crujen después de todas nuestras proezas de ayer. Le echo los brazos al cuello. —No te vayas. Él ladea la cabeza y arquea una ceja. —Señorita Steele… ¿acaso intenta hacer que un hombre honrado no cumpla con su jornada de trabajo? Yo asiento medio dormida, y él sonríe, con esa nueva sonrisa tímida. —Eres muy tentadora, pero tengo que marcharme. Me besa y se incorpora. Lleva un traje azul oscuro muy elegante, una camisa blanca y una corbata azul marino que le dan aspecto de presidente ejecutivo… un presidente terriblemente sexy. —Hasta luego, nena —murmura, y se va. Echo un vistazo al despertador y veo que ya son las siete… no debo de haber oído la alarma. Bueno, hora de levantarse. *** Mientras me ducho, tengo una nueva inspiración: se me ha ocurrido otro regalo de cumpleaños para Christian. Es muy difícil comprarle algo a un hombre que lo tiene todo. Ya le he dado mi regalo principal, y también está el otro que le compré en la tienda para turistas, pero este nuevo regalo será en realidad para mí. Cuando cierro el grifo, me rodeo con los brazos emocionada ante la perspectiva. Solo tengo que prepararlo. En el vestidor me pongo un traje rojo ceñido con un gran escote cuadrado. Sí, no es excesivo para ir a trabajar. Ahora, para el regalo de Christian. Empiezo a revolver en los cajones buscando sus corbatas. En el último cajón encuentro esos vaqueros descoloridos y rasgados que lleva en el cuarto de juegos… esos con los que está condenadamente sensual. Los acaricio cuidadosamente con la mano. Oh, la tela es muy suave. Debajo descubro una caja de cartón negra, ancha y plana, que despierta mi interés al instante. ¿Qué hay ahí? La miro, y vuelvo a tener la sensación de estar invadiendo una propiedad privada. La saco y la agito un poco. Pesa, como si contuviera documentos o manuscritos. No puedo resistirme. Abro la tapa… e inmediatamente vuelvo a cerrarla. Dios santo, son fotografías del cuarto rojo. La conmoción me obliga a sentarme sobre los talones, mientras intento borrar la imagen de mi mente. ¿Por qué he abierto la caja? ¿Por qué guarda Christian esas fotos? Me estremezco. Mi subconsciente me mira ceñuda: Esto es anterior a ti. Olvídalo. Tiene razón. Cuando me levanto veo que las corbatas están colgadas al