Literatura BDSM Cincuenta sombras más oscuras | Page 368
—Oh, Anastasia, ya encontraremos el modo de apagar el fuego —dice con
una sonrisa libidinosa.
Furiosa, me concentro en mi lubina, mientras la diosa que llevo dentro
entorna taimadamente los ojos, cavilando. Nosotras también podemos jugar a este
juego. Aprendí las reglas durante la comida en el Heathman. Me como un pedazo de
lubina. Está deliciosa, se deshace en la boca. Cierro los ojos y la saboreo. Cuando los
abro, empiezo a seducir a Christian Grey. Me subo la falda muy despacio, y enseño
más los muslos.
Él se detiene un momento, dejando el tenedor con el pescado suspendido en
el aire.
Tócame.
Después, sigue comiendo. Yo cojo otro trocito de lubina, sin hacerle caso.
Entonces dejo el cuchillo, me paso los dedos por detrás de la parte baja del muslo, y
me doy golpecitos en la piel con la yema. Es perturbador incluso para mí, sobre todo
porque me muero porque me toque. Christian vuelve a quedarse muy quieto.
—Sé lo que estás haciendo —dice en voz baja y ronca.
—Ya sé que lo sabe, señor Grey —replico suavemente—. De eso se trata.
Cojo un espárrago, le miro de soslayo por debajo de las pestañas, y luego
lo mojo en la salsa holandesa, haciendo girar la punta una y otra vez.
—No crea que me está devolviendo la pelota, señorita Steele.
Sonriendo, alarga una mano y me quita el espárrago… y es asombrosamente
irritante, porque consigue hacerlo sin tocarme. No, esto no va bien: este no era el plan.
¡Agh!
—Abre la boca —ordena.
Estoy perdiendo esta batalla de voluntades. Vuelvo a levantar la vista hacia
él, y sus ojos grises arden. Entreabro ligeramente los labios, y me paso la lengua por el
superior. Christian sonríe y su mirada se oscurece aún más.
—Más —musita, y también entreabre los suyos para que pueda verle la
lengua. Ahogo un gemido, me muerdo el labio inferior, y luego hago lo que me dice.
Él inspira con fuerza; puedo oírle… no es tan inmune. Bien, empiezo a
ganar terreno.
Sin dejar de mirarle a los ojos, me meto el espárrago en la boca y chupo…
despacio… delicadamente la punta. La salsa holandesa está deliciosa. Doy un
mordisco, emitiendo un suave y placentero gemido.
Christian cierra los ojos. ¡Sí! Cuando los vuelve a abrir tiene las pupilas
dilatadas, y eso tiene un efecto inmediato en mí. Gimo y alargo la mano para tocarle el
muslo. Y, para mi sorpresa, me agarra de la muñeca.
—Ah, no. No haga eso, señorita Steele —murmura bajito.
Se lleva mi mano a la boca y me acaricia delicadamente los nudillos con
los labios, y yo me retuerzo de placer. ¡Por fin! Más, por favor.