Literatura BDSM Cincuenta sombras más oscuras | Página 347

—V a refrescarme un poco —digo para cambiar de tema, y me doy la oy vuelta para marcharme antes de que pueda reaccionar. *** La consulta del doctor Flynn queda bastante cerca del apartamento de Christian. Muy a mano, pienso, para visitas de emergencia. —Normalmente vengo corriendo desde casa —me dice Christian cuando aparca mi Saab—. Este coche es estupendo —comenta sonriéndome. —Yo pienso lo mismo. —Le sonrío a mi vez—. Christian… Yo… Le miro con ansiedad. —¿Qué pasa, Ana? —Toma. —Saco la cajita de regalo de mi bolso—. Esto es para ti, por tu cumpleaños. Quería dártelo ahora… pero solo si prometes no abrirlo hasta el sábado, ¿vale? Me mira sorprendido, parpadea y traga saliva. —Vale —murmura cauteloso. Suspiro profundamente y se lo entrego, sin hacer caso de su perplejidad. Sacude la cajita, que hace un ruidito muy sugerente. Frunce el ceño. Sé lo desesperado que está por ver qué contiene. Entonces sonríe, y en sus ojos aparece una chispa de emoción juvenil y espontánea. Oh, Dios… aparenta la edad que tiene… y está guapísimo. —No puedes abrirlo hasta el sábado —le advierto. —Ya lo sé —dice—. ¿Por qué me lo das ahora? Mete la cajita en el bolsillo interior de su americana azul de raya diplomática, cerca de su corazón. Qué apropiado, pienso. Sonrío con complicidad. —Porque puedo, señor Grey. En sus labios aparece una mueca teñida de ironía. —Vaya, señorita Steele, me ha copiado la frase. Una recepcionista amable y de aire eficiente nos hace pasar a la palaciega consulta del doctor Flynn. Saluda a Christian muy afectuosa, un poco demasiado afectuosa para mi gusto —tiene edad para ser su madre—, y él la llama por su nombre. La sala es sobria: de color verde claro, con dos sofás verde oscuro frente a dos sillones orejeros de piel, y con una atmósfera propia de un club inglés. El doctor Flynn está sentado en su escritorio, al fondo. Cuando entramos, se pone de pie y se acerca a nosotros en la zona destinada a las visitas. Lleva pantalones negros y una camisa abierta de color azul claro, sin corbata. Sus brillantes ojos azules parecen no perder detalle. —Christian. Sonríe amigablemente. —John. —Christian le estrecha la mano—. ¿Te acuerdas de Anastasia?