Literatura BDSM Cincuenta sombras más oscuras | Page 331

—Lo bueno de este separador es que es extensible —dice. Aprieta algo en la barra y después empuja, y mis piernas se abren más. Uau, noventa centímetros de separación. Con la boca muy abierta, inspiro profundamente. Dios, esto es muy erótico. Estoy ardiendo, inquieta y ansiosa. Christian se lame el labio superior. —Oh, vamos a divertirnos un poco con esto, Ana. Baja la mano, coge la barra y la gira de golpe, cogiéndome por sorpresa y dejándome tumbada boca abajo. —¿Ves lo que puedo hacerte? —dice turbadoramente, y vuelve a girarla de golpe y quedo de nuevo tumbada boca arriba, mirándole boquiabierta y sin respiración —. Estas otras esposas son para las muñecas. Pensaré en ello. Depende de si te portas bien o no. —¿Cuándo no me porto bien? —Se me ocurren unas cuantas infracciones —dice en voz baja, y me pasa los dedos por las plantas de los pies. Me hace cosquillas, pero la barra me mantiene en mi sitio, aunque yo intento apartar las plantas de sus dedos. —Tu BlackBerry, para empezar. Jadeo. —¿Qué vas a hacer? —Oh, yo nunca desvelo mis planes —dice sonriendo, y sus ojos brillan malévolos. ¡Uau! Está tan alucinantemente sexy que me deja sin respiración. Se sube a la cama y se coloca de rodillas entre mis piernas. Está gloriosamente desnudo y yo estoy indefensa. —Mmm… Está tan expuesta, señorita Steele. Desliza los dedos de ambas manos por la parte interior de mis piernas, despacio, dibujando pequeños círculos. Sin apartar los ojos de mí. —Todo se basa en las expectativas, Ana. ¿Qué te voy a hacer? Sus palabras quedas penetran directamente en la parte más profunda y oscura de mi ser. Me retuerzo sobre la cama y gimo. Sus dedos continúan su lento avance, suben por mis pantorrillas, pasan por la parte posterior de mis rodillas. Yo quiero juntar las piernas instintivamente, pero no puedo. —Recuerda que, si algo no te gusta, solo tienes que decirme que pare — murmura. Se inclina sobre mí y me besa y chupa el vientre con delicadeza, mientras sus manos me acarician y siguen ascendiendo tortuosas y tentadoras por la parte interna de mis muslos. —Oh, por favor, Christian —suplico. —Oh, señorita Steele. He descubierto que puede ser usted implacable en