Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 98
Dejo caer los zapatos de Christian en el suelo y mi ropa en la cama y me llevo el cuenco con el tapón al
baño. Lo miro suspicaz. Parece inofensivo y sorprendentemente limpio. No quiero pensar mucho en él, así
que lo lavo enseguida con agua y jabón. ¿Eso será suficiente? Tengo que preguntarle al señor Experto en
Sexo si hay que esterilizarlo o algo. Me estremezco de solo pensarlo.
Me gusta que Christian haya adaptado la biblioteca para mí. Ahora tiene un bonito escritorio de madera
blanco en el que puedo trabajar. Saco el ordenador portátil y echo un vistazo a las notas sobre los cinco
manuscritos que he leído en la luna de miel.
Sí, tengo todo lo que necesito. Una parte de mí teme volver al trabajo, pero no puedo decirle eso a
Christian. Aprovecharía la oportunidad para hacer que lo deje. Recuerdo que a Roach casi le dio un ataque
cuando le dije que me iba a casar, con quién y cómo. Muy poco después me hicieron fija en el puesto. Ahora
me doy cuenta de que fue porque iba a casarme con el jefe. No me gusta la idea. Ya no soy editora en
prácticas. Ahora soy Anastasia Steele, editora.
Todavía no he logrado reunir el coraje para decirle a Christian que no voy a cambiarme el apellido en el
trabajo. Creo que tengo buenas razones. Necesito mantener cierta distancia con él, pero sé que vamos a tener
una pelea cuando se lo plantee. Tal vez deberíamos hablarlo esta noche.
Me acomodo en la silla y empiezo mi última tarea del día. Miro el reloj del ordenador: son las siete de la
tarde. Christian todavía no ha salido de su estudio, así que tengo tiempo. Saco la tarjeta de memoria de la
Nikon y la conecto al ordenador para transferir las fotos. Mientras se van copiando, reflexiono sobre los
acontecimientos del día. ¿Habrá vuelto Ryan? ¿O todavía irá de camino a Portland? ¿Habrá conseguido
atrapar a la mujer misteriosa? ¿Sabrá Christian algo de Ryan ya? Quiero respuestas y no me importa que esté
ocupado; quiero saber lo que está pasando y de repente siento una punzada de resentimiento porque me tiene
en ascuas. Me levanto con intención de ir a hablar con él a su estudio, pero antes de que me dé tiempo, las
fotos de los últimos días de nuestra luna de miel aparecen en la pantalla.
Oh, Dios mío…
Hay un montón de fotos mías. Muchísimas dormida: con el pelo sobre la cara o desparramado sobre la
almohada, con los labios separados… ¡Mierda! Chupándome el pulgar… ¡Hacía años que no me chupaba el
pulgar! Cuántas fotos… No tenía ni idea de que me las había hecho. Hay unas cuantas naturales, hechas
desde lejos, incluyendo una en la que estoy apoyada en la barandilla del yate, mirando nostálgicamente a la
distancia. ¿Cómo he podido no percatarme de que estaba haciéndome fotos? Sonrío al ver las fotos en las que
estoy hecha una bola debajo de él, riéndome y con el pelo volando mientras intentaba zafarme de esos dedos
que me hacían cosquillas y me atormentaban. Y hay una de él y mía en la cama del camarote, la que nos hizo
con el brazo extendido. Estoy acurrucada en su pecho y él mira a la cámara, joven, con los ojos muy
abiertos… enamorado. Con la otra mano me coge la cabeza y yo sonrío como una tonta enamorada, sin poder
apartar los ojos de él. Oh, mi guapísimo marido, con el pelo de recién follado, los ojos grises brillando, los
labios separados y sonriendo. Mi maravilloso marido que no soporta que le hagan cosquillas y que hasta hace
poco tampoco aceptaba que le tocaran, aunque ahora sí tolere mi contacto. Tengo que preguntarle si le
complace o si solo me deja tocarle porque a mí me gusta.
Frunzo el ceño al comtemplar su imagen, abrumada de repente por lo que siento por él. Hay alguien ahí