Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 81
vuelvo a cruzar hacia el carril rápido.
—Muy bonito, señora Grey —me dice Christian impresionado—. ¿Dónde está la policía cuando la
necesitas?
—No quiero que me pongan una multa, Christian —le digo concentrada en la autopista que tengo por
delante—. ¿Te han puesto alguna multa por exceso de velocidad conduciendo este coche?
—No —dice, pero puedo echarle un vistazo rápido a su cara y le veo sonreír burlón.
—¿Te han parado?
—Sí.
—Oh.
—Encanto. Todo se basa en el encanto. Ahora concéntrate. ¿Cómo va el Dodge, Sawyer?
—Acaba de alcanzar los ciento setenta y cinco, señor —anuncia Sawyer.
¡Madre mía! Vuelvo a notar el corazón en la boca. ¿Puedo conducir más rápido todavía? Piso a fondo el
acelerador y dejamos atrás más coches.
—Hazle una señal con las luces —me ordena Christian, porque tenemos delante a un Ford Mustang que no
se aparta.
—Pero eso solo lo hacen los gilipollas.
—¡Pues sé un poco gilipollas! —exclama.
Oh, vale…
—Eh… ¿dónde están las luces?
—El indicador. Tira hacia ti.
El conductor del Mustang nos saca un dedo en un gesto no muy amable, pero se aparta. Paso a su lado
como una centella.
—Él es el gilipollas —dice Christian entre dientes—. Sal por Stewart —me ordena.
¡Sí, señor!
—Vamos a tomar la salida de Stewart Street —le dice a Sawyer.
—Vayan directamente al Escala, señor.
Freno, miro por los espejos, indico y después cruzo con una facilidad sorprendente los cuatro carriles de la
autopista y salgo por la vía de salida. Ya en Stewart Street, nos dirigirnos al sur. La calle está tranquila y hay
pocos vehículos. ¿Dónde está todo el mundo?
—Hemos tenido mucha suerte con el tráfico. Pero también el Dodge la ha tenido. No reduzcas la
velocidad, Ana. Quiero llegar a casa.
—No recuerdo el camino —le digo sintiendo pánico de nuevo porque el Dodge sigue pisándonos los
talones.
—Sigue hacia el sur por Stewart. Sigue hasta que te diga que gires. —Christian vuelve a parecer nervioso.
Continúo a toda velocidad tres manzanas, pero el semáforo se pone amarillo al llegar a Yale Avenue.
—¡Sáltatelo, Ana! —grita Christian. Doy tal salto que piso a fondo el acelerador involuntariamente, lo que
nos lanza de nuevo contra los asientos, y cruzamos sin frenar el semáforo que ya está en rojo.
—Está enfilando Stewart —dice Sawyer.
—No lo pierdas, Luke.