Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 80

Christian se pone tenso y quita la BlackBerry del soporte. —No es mi señora Robinson —gruñe—. No he hablado con ella desde mi cumpleaños. Y Elena no haría algo así; no es su estilo. —¿Leila? —Está en Connecticut con sus padres. Ya te lo he dicho. —¿Estás seguro? Se queda pensando un momento. —No, pero si hubiera huido, seguro que su familia se lo habría dicho al doctor Flynn. Ya hablaremos de esto cuando lleguemos a casa. Concéntrate en lo que estás haciendo. —Puede que solo sea una casualidad. —No voy a correr riesgos por si acaso. No estando contigo —concluye. Vuelve a poner la BlackBerry en el soporte y recuperamos el contacto con el equipo de seguridad. ¡Oh, mierda! No quiero poner nervioso a Christian ahora. Más tarde tal vez… Me muerdo la lengua. Por suerte el tráfico está disminuyendo un poco. Puedo acelerar hacia la intersección de Mountlake en dirección a la interestatal 5 y empiezo otra vez a zigzaguear entre los coches. —¿Y si nos para la policía? —pregunto. —Eso sería algo conveniente. —Para mi carnet no. —No te preocupes por eso. —Oigo un humor inesperado en su voz. Vuelvo a pisar el acelerador y alcanzo de nuevo los ciento veinte. Sí que tiene potencia este coche. Me encanta; es tan fácil. Acabo de llegar a los ciento treinta y cinco. Creo que nunca en mi vida he conducido tan rápido. Mi escarabajo solo llegaba a ochenta… y eso con suerte. —Ha evitado el tráfico y cogido velocidad —dice la voz incorpórea de Sawyer, tranquila e informativa—. Va a ciento cuarenta. ¡Mierda! ¡Más rápido! Aprieto más el acelerador y el motor del coche ronronea al llegar a ciento cincuenta kilómetros por hora cuando nos acercamos a la intersección de la interestatal 5. —Mantén la velocidad, Ana —me susurra Christian. Freno un poco momentáneamente para incorporarme. La interestatal está bastante tranquila y consigo colocarme en el carril rápido en un segundo. Vuelvo a pisar el acelerador y el genial R8 coge velocidad y avanza por el carril izquierdo, en el que los demás mortales con menos suerte se apartan para dejarnos pasar. Si no estuviera asustada, estaría disfrutando. —Ya va a ciento sesenta, señor. —Sigue tras él, Luke —le ordena Christian a Sawyer. ¿Luke? ¡Mierda! Un camión aparece en el carril rápido y tengo que pisar el freno. —¡Maldito idiota! —insulta Christian al conductor cuando salimos despedidos hacia delante en los asientos. Cómo agradezco llevar puesto el cinturón—. Adelanta, nena —me dice Christian con los dientes apretados. Compruebo los retrovisores y cruzo tres carriles. Aceleramos para adelantar a vehículos más lentos y