Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 75
pechos grandes, ropa de diseñadores caros y perfume), que tiene la costumbre de sonreírle a mi marido
demasiado provocativamente? Mi subconsciente me mira enfadada: Él no te ha dado razones para estar
celosa. Mierda, hoy me siento como en una montaña rusa. ¿Qué me pasa?
—Ana —me llama Kate, interrumpiendo mis ensoñaciones—, ¿sigues en el sur de Francia o qué?
—Sí —le respondo con una sonrisa.
—Se te ve muy bien —dice aunque frunce el ceño a la vez.
—A los dos se os ve genial —añade Grace sonriendo mientras Elliot rellena las copas.
—Por la feliz pareja. —Carrick sonríe y levanta su copa y todos los que están sentados a la mesa se unen al
brindis.
—Y felicidades a Ethan por haber entrado en el programa de psicología en Seattle —interviene Mia
orgullosamente. Le dedica una sonrisa de adoración y Ethan le responde con otra. Me pregunto si habrá
hecho algún avance con él. Es difícil saberlo…
Escucho las conversaciones de la mesa. Christian está explicando todo el itinerario que hemos hecho estas
últimas tres semanas, dándole algunos toques aquí y allá para pintarlo todavía más bonito. Suena relajado y
parece tener controlada la situación, olvidada por un rato la preocupación por el pirómano. Pero yo parece
que no puedo librarme de mi mal humor. Pincho un poco de comida con el tenedor. Christian me dijo ayer
que estaba gorda. Pero era broma… Mi subconsciente vuelve a mirarme mal. Elliot tira accidentalmente su
copa al suelo, lo que sobresalta a todo el mundo y se produce un repentino brote de actividad para limpiarlo
todo.
—Te voy a llevar a la casita del embarcadero a darte unos azotes si no dejas ya ese mal humor y te animas
un poco —me susurra Christian.
Doy un respingo por la sorpresa, me giro y le miro con la boca abierta. ¿Qué? ¿Es broma?
—¡No te atreverás! —le digo entre dientes, pero en el fondo siento una excitación familiar que es más que
bienvenida.
Christian levanta una ceja. Claro que lo haría. Miro a Kate, al otro lado de la mesa. Nos está observando
con interés. Me vuelvo hacia Christian y entorno los ojos.
—Tendrás que cogerme primero… y hoy no llevo tacones —le advierto.
—Seguro que me lo paso bien intentándolo —asegura con una sonrisa pícara. Creo que sigue bromeando.
Me ruborizo. Y por raro que parezca, me siento algo mejor.
Cuando terminamos el postre (fresas con nata), empieza a llover de repente. Todos nos levantamos de un
salto de la mesa para recoger los platos y las copas y llevarlas a la cocina.
—Qué bien que el tiempo haya aguantado hasta después de la comida —dice Grace encantada mientras se
encamina a la habitación de atrás. Christian se sienta al brillante piano de pared negro, pisa el pedal de sordina
y empieza a tocar una melodía que me resulta familiar pero que no logro ubicar.
Grace me pregunta qué me ha parecido Saint-Paul-de-Vence. Ella y Carrick estuvieron allí hace años en su
luna de miel y se me pasa por la cabeza que eso es un buen augurio, viendo lo felices que siguen estando
juntos. Kate y Elliot están abrazándose en uno de los grandes sofás llenos de cojines, mientras Ethan, Mia y
Carrick están enfrascados en una conversa ción sobre psicología, creo.
De repente todos los Grey, como si fueran una sola persona, dejan de hablar y miran a Christian con la