Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 42
Sonríe enigmático pero no dice nada y me pregunto si será porque está pensando en ella… En la señora
Robinson, la mujer que le enseñó a bailar… y a follar. Hacía tiempo que no pensaba en ella. Christian no la
ha mencionado desde su cumpleaños, y por lo que yo sé, su relación empresarial ha terminado. Pero tengo
que admitir (a regañadientes) que era una buena maestra.
Vuelve a inclinarme y me da un beso suave en los labios.
—«Echaré de menos tu amor…» —tarareo la letra de la canción.
—Yo haría más que echar de menos tu amor —me dice a la vez que me hace girar de nuevo. Me canta
bajito al oído y me derrite por dentro.
La canción termina y Christian me mira con los ojos oscuros y ardientes, ya sin rastro de humor. Me quedo
sin aliento.
—¿Quieres venir a la cama conmigo? —me dice en un murmullo. Es una súplica sincera que me ablanda el
corazón.
Christian, ya te dije «sí, quiero» hace dos semanas y media… Pero sé que es su forma de pedir disculpas y
de asegurarse de que todo está bien entre los dos después de la discusión.
Cuando despierto el sol entra por los ojos de buey y su reflejo en el agua se proyecta en el techo del camarote
formando brillantes dibujos caprichosos. A Christian no se le ve por ninguna parte. Me estiro y sonrío.
Mmm… Me apunto para tener sexo de castigo y después sexo de reconciliación cualquier día. Es como
acostarse con dos hombres diferentes: el Christian furioso y el dulce que intenta compensarme con todos los
medios a su alcance. Es difícil decidir cuál me gusta más.
Me levanto y voy al baño. Al abrir la puerta me encuentro a Christian dentro afeitándose desnudo, solo
cubierto con una toalla en la cintura. Se gira y me sonríe; no le importa que le haya interrumpido. He
descubierto que Christian nunca cierra la puerta con el pestillo si es la única persona en la habitación; no
tengo ni idea de por qué lo hace pero tampoco quiero pensarlo mucho.
—Buenos días, señora Grey —me dice. Irradia buen humor.
—Buenos días tenga usted. —Le sonrío y me quedo mirándole mientras se afeita. Me encanta. Levanta la
barbilla y se pasa la maquinilla por debajo con pasadas largas y deliberadas. Sin darme cuenta me pongo a
imitar sus movimientos. Tiro del labio superior hacia abajo igual que hace él para afeitarse la hendidura. Se
gira y se ríe de lo que estoy haciendo, todavía con la mitad de la cara cubierta de jabón de afeitar.
—¿Disfrutando del espectáculo? —me pregunta.
Oh, Christian, podría quedarme mirándote durante horas.
—Es uno de mis favoritos —le digo y él se inclina y me da un beso rápido, manchándome la cara de jabón.
—¿Quieres que vuelva a hacértelo? —me dice en un susurro malicioso y me señala la maquinilla.
Frunzo los labios.
—No —le contesto fingiendo enfurruñarme—. La próxima vez me haré la cera.
Recuerdo lo bien que se lo pasó Christian en Londres cuando descubrió que, durante una de sus reuniones
en la ciudad, yo me había entretenido afeitándome todo el vello púbico por pura curiosidad. Pero claro, mi
forma de afeitarme no cumplía con los rigurosos estándares del señor Exigente…