Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 398
Epílogo
La casa grande, mayo de 2014
cielo azul de verano. Mi
E stoy tumbada en nuestra manta de picnic de cuadros escoceses, mirando el clarosol de la tarde me calienta
visión está enmarcada por las flores del prado y la alta hierba verde. El calor del
la piel, los huesos y el vientre, y yo me relajo y mi cuerpo se va convirtiendo en gelatina. Qué cómodo es
esto… No… esto es maravilloso. Saboreo el momento, un momento de paz, un momento de total y absoluta
satisfacción. Debería sentirme culpable por sentir esta alegría, esta sensación de plenitud, pero no. La vida
está aquí, ahora, está bien y he aprendido a apreciarla y a vivir el momento como mi marido. Sonrío y me
retuerzo cuando mi mente vuelve al delicioso recuerdo de nuestra última noche en el piso del Escala…
Las colas del látigo me rozan la piel del vientre hinchado a un ritmo dolorosamente lánguido.
—¿Ya has tenido suficiente, Ana? —me susurra Christian al oído.
—Oh, por favor… —suplico tirando de las ataduras que tengo por encima de la cabeza. Estoy de pie, con
los ojos tapados y esposada a la rejilla del cuarto de juegos.
Siento el escozor dulce del látigo en el culo.
—¿Por favor qué?
Doy un respingo.
—Por favor, amo.
Christian me pone la mano sobre la piel enrojecida y me la frota suavemente.
—Ya está. Ya está. Ya está. —Sus palabras son suaves. Su mano desciende y da un rodeo para acabar
deslizando los dedos en mi interior.
Gimo.
—Señora Grey —jadea y tira del lóbulo de mi oreja con los dientes—, qué preparada está ya.
Sus dedos entran y salen de mí, tocando ese punto, ese punto tan dulce otra vez. El látigo repiquetea contra
el suelo y la mano pasa sobre mi vientre y sube hasta los pechos. Me ponto tensa. Están muy sensibles.
—Chis —dice Christian cubriéndome uno con la mano y rozando el pezón con el pulgar.
—Ah…
Sus dedos son suaves y provocativos y el placer empieza a bajar en espirales desde mi pecho hacia abajo…
muy abajo y profundo. Echo la cabeza hacia atrás para aumentar la presión del pezón contra su palma
mientras gimo una vez más.
—Me gusta oírte —susurra Christian. Noto su erección contra mi cadera; los botones de la bragueta se
clavan en mi carne mientras su otra mano continúa con su estimulación incesante: dentro, fuera, dentro,