Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 38
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rojas que tengo
¡Chupetones!
M e miro horrorizada las marcasEstoy casada conpor toda la piel alrededor de los pechos. respetados de
¡Estoy llena de chupetones!
uno de los hombres de negocios más
Estados Unidos y me ha llenado el cuerpo de chupetones… ¿Cómo no me he dado cuenta de que me estaba
dejando todas esas marcas? Me sonrojo. Sé perfectamente cómo: en esos momentos el señor Orgásmico
estaba desplegando sus increíbles habilidades sexuales conmigo.
Mi subconsciente me mira por encima de los cristales de las gafas de media luna y chasquea la lengua con
desaprobación, mientras la diosa que llevo dentro duerme apaciblemente en su chaise-longue, fuera de
combate. Observo mi reflejo con la boca abierta. Tengo hematomas rojos alrededor de las muñecas por las
esposas. Ya me avisó de que dejaban marcas. Examino mis tobillos; más hematomas. Joder, parece que haya
sufrido un accidente.
Sigo mirándome, intentando reconocerme. Mi cuerpo está tan diferente últimamente… Ha cambiado de
forma sutil desde que le conozco. Ahora estoy más delgada y en mejor forma y tengo el pelo brillante y bien
cortado. Me he hecho la manicura, la pedicura y llevo las cejas perfectamente depiladas. Por primera vez en
mi vida voy bien arreglada (excepto por esas horribles marcas de mordiscos).
Pero no quiero pensar en tratamientos de belleza ahora mismo. Estoy demasiado enfadada. ¿Cómo se
atreve a marcarme así, como si fuera un adolescente? En el poco tiempo que llevamos juntos nunca me había
hecho chupetones. Estoy horrible. No sé por qué me ha hecho esto. Maldito obseso del control. ¡Pues no
pienso tolerarlo! Mi subconsciente cruza los brazos por debajo de su pecho pequeño. Esta vez se ha pasado.
Salgo pisando fuerte del baño y entro en el vestidor, evitando a propósito mirar en su dirección. Me quito la
bata y me pongo un pantalón de chándal y una camisola. Me suelto la trenza, cojo un cepillo del pelo del
tocador y me peino para quitarme los nudos.
—Anastasia —me llama Christian y noto ansiedad en su voz—, ¿estás bien?
Le ignoro. ¿Que si estoy bien? Pues no, no estoy bien. Con lo que me ha hecho, dudo que pueda ponerme
un bañador, y mucho menos uno de esos biquinis ridículamente caros durante lo que queda de luna de miel.
Pensar eso me enfurece. Pero ¿cómo se ha atrevido? Que si estoy bien… Me hierve la sangre. ¡Yo también sé
comportarme como una adolescente! Regreso al dormitorio, le tiro el cepillo del pelo, me giro y vuelvo a salir,
no sin antes ver su expresión asombrada y su rápida reacción de levantar el brazo para protegerse la cabeza,
lo que provoca que el cepillo rebote inútilmente contra su antebrazo y aterrice en la cama.
Salgo del camarote hecha una furia, subo por las escaleras y salgo a la cubierta para dirigirme como una
exhalación a la proa. Necesito un poco de espacio para calmarme. Está oscuro pero el aire es templado. La
brisa cálida huele a Mediterráneo y a los jazmines y buganvillas de la costa. El Fair Lady surca sin esfuerzo el
tranquilo mar color cobalto y yo apoyo los codos sobre la barandilla de madera, mirando la costa lejana en la
que parpadean y titilan unas luces diminutas. Inspiro hondo despacio y empiezo a calmarme lentamente. Noto
su presencia detrás de mí antes de oírle.