Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 316

Volverá. Lo hará. Sé que lo hará. Sé que a pesar de los gritos y las palabras tan duras me quiere… sí. Y también te querrá a ti, pequeño Bip. Me acomodo en la silla y me dejo llevar por el sueño. Me despierto fría y desorientada. Temblando, miro el reloj: las once de la noche. Oh, sí… Tú. Me doy una palmadita en el vientre. ¿Dónde está Christian? ¿Ha vuelto ya? Me levanto del sillón con dificultad y voy en busca de mi marido. Cinco minutos después me doy cuenta de que no está en casa. Espero que no le haya pasado nada. Los recuerdos de la larga espera cuando desapareció Charlie Tango vuelven a mí. No, no, no. Deja de pensar eso. Seguro que ha ido… ¿adónde? ¿A quién podría ir a ver? ¿A Elliot? Tal vez está con Flynn. Eso espero. Vuelvo a la biblioteca a buscar la BlackBerry y le mando un mensaje. *¿Dónde estás?* Después me encamino al baño y lleno la bañera. Tengo mucho frío. Cuando salgo de la bañera todavía no ha vuelto. Me pongo uno de mis camisones de seda estilo años 30 y la bata y salgo al salón. En el camino me paro un momento en el dormitorio de invitados. Tal vez esta podría ser la habitación del pequeño Bip. Me asombro al darme cuenta de lo que estoy pensando y me quedo de pie en el umbral, meditando sobre eso. ¿La pintaríamos de azul o de rosa? Ese pensamiento tan dulce queda empañado por el hecho de que mi descarriado esposo está furioso solo de pensarlo. Cojo la colcha de la cama del cuarto de invitados y me encamino al salón para esperarle. Algo me despierta. Un ruido. —¡Mierda! Es Christian en el vestíbulo. Oigo que la mesa araña el suelo otra vez. —¡Mierda! —repite, esta vez en voz más baja. Me levanto y justo en ese momento le veo cruzar las puertas dobles tambaleándose. Está borracho. Se me eriza el vello. Oh, ¿Christian borracho? Sé cuánto odia a los borrachos. Salto del sofá y corro hacia él. —Christian, ¿estás bien? Se apoya contra el marco de las puertas del vestíbulo. —Señora Grey… —pronuncia con dificultad. Vaya, está muy borracho. No sé qué hacer. —Oh… qué guapa estás, Anastasia. —¿Dónde has estado? Se pone el dedo sobre los labios y me mira con una sonrisa torcida. —¡Chis! —Será mejor que vengas a la cama. —Contigo… —dice con una risita.