Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 299
Sus manos descienden desde mis rodillas, acariciándome los muslos y acercándose a mi sexo.
—Vamos, Ana. Tócate.
Mi mano izquierda pasa por encima de mi sexo y hago un círculo lento mientras formo una O con los
labios y jadeo.
—Otra vez —susurra.
Gimo más alto y repito el movimiento, echando atrás la cabeza y jadeando.
—Otra vez.
Vuelvo a gemir con fuerza y Christian inhala bruscamente. Me coge las manos, se inclina y acaricia con la
nariz y después con la lengua todo el vértice entre mis muslos.
—¡Ah!
Quiero tocarle, pero cuando intento mover las manos, él aprieta los dedos alrededor de mis muñecas.
—Te voy a atar estas también. Quieta.
Gimo. Me suelta e introduce dos dedos en mi interior a la vez que apoya la mano contra mi clítoris.
—Voy a hacer que te corras rápido, Ana. ¿Lista?
—Sí —jadeo.
Empieza a mover los dedos y la mano arriba y abajo rápidamente, estimulando ese punto tan dulce en mi
interior y el clítoris al mismo tiempo. ¡Ah! La sensación es intensa, realmente intensa. El placer aumenta y
atraviesa la mitad inferior de mi cuerpo. Quiero estirar las piernas, pero no puedo. Agarro con fuerza la toalla
que hay debajo de mí.
—Ríndete —me susurra Christian.
Exploto alrededor de sus dedos, gritando algo incoherente. Aprieta la mano contra mi clítoris mientras los
estremecimientos me recorren el cuerpo, prolongando así esa deliciosa agonía. Me doy cuenta vagamente de
que me está desatando las piernas.
—Es mi turno —susurra, y me gira para que quede boca abajo sobre el sofá con las rodillas en el suelo. Me
abre las piernas y me da un azote fuerte en el culo.
—¡Ah! —chillo a la vez que noto que entra con fuerza en mi interior.
—Oh, Ana —dice con los dientes apretados cuando empieza a moverse.
Me agarra las caderas fuertemente con los dedos mientras se hunde en mí una y otra vez. El placer empieza
a aumentar de nuevo. No… Ah…
—¡Vamos, Ana! —grita Christian y yo vuelvo a romperme en mil pedazos otra vez, latiendo a su alrededor
y gritando cuando alcanzo el orgasmo de nuevo.
—¿Te sientes lo bastante viva? —me pregunta Christian dándome un beso en el pelo.
—Oh, sí —murmuro mirando al techo. Estoy tumbada sobre mi marido, con la espalda sobre su pecho,
ambos en el suelo junto al sofá. Él todavía está vestido.
—Creo que deberíamos repetirlo. Pero esta vez tú sin ropa.
—Por Dios, Ana. Dame un respiro.
Suelto una risita y él ríe entre dientes.
—Me alegro de que Ray haya recuperado la consciencia. Parece que todos tus apetitos han regresado