Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | 页面 29
—Anastasia, eres mi mujer, no mi sumisa. Nunca voy a querer hacerte daño. Deberías saberlo a estas
alturas. Pero… no te quites la ropa en público. No quiero verte desnuda en la prensa amarilla. Y tú tampoco
quieres. Además, estoy seguro de que a tu madre y a Ray tampoco les haría gracia.
¡Oh, Ray! Dios mío, Ray padece del corazón. ¿En qué estaría pensando? Me reprendo mentalmente.
Aparece el camarero con las bebidas y los aperitivos, que coloca en la mesa de teca.
—Siéntate —ordena Christian.
Hago lo que me dice y me acomodo en una silla de tijera. Christian se sienta a mi lado y me pasa un gintonic.
—Salud, señora Grey.
—Salud, señor Grey. —Le doy un sorbo a la copa, que me sienta de maravilla. Esto quita la sed y está frío
y delicioso. Cuando miro a Christian, veo que me observa. Ahora mismo es imposible saber de qué humor
está. Es muy frustrante… No sé si sigue enfadado conmigo, por eso despliego mi técnica de distracción
patentada—. ¿De quién es este barco? —le pregunto.
—De un noble británico. Sir no sé qué. Su bisabuelo empezó con una tienda de comestibles. Su hija está
casada con uno de los príncipes herederos de Europa.
Oh.
—¿Inmensamente rico?
Christian de repente se muestra receloso.
—Sí.
—Como tú —murmuro.
—Sí.
Oh.
—Y como tú —susurra Christian y se mete una aceituna en la boca. Yo parpadeo rápidamente. Acaba de
venirme a la mente una imagen de él con el esmoquin y el chaleco plateado; sus ojos estaban llenos de
sinceridad al mirarme durante la ceremonia de matrimonio y decir esas palabras: «Todo lo que era mío, es
nuestro ahora». Su voz recitando los votos resuena en mi memoria con total claridad.
¿Todo mío?
—Es raro. Pasar de nada a… —Hago un gesto con la mano para abarcar la opulencia de lo que me rodea
—. A todo.
—Te acostumbrarás.
—No creo que me acostumbre nunca.
Taylor aparece en cubierta.
—Señor, tiene una llamada.
Christian frunce el ceño pero coge la BlackBerry que le está tendiendo.
—Grey —dice y se levanta de donde está sentado para quedarse de pie en la proa del barco.
Me pongo a mirar al mar y desconecto de su conversación con Ros —creo—, su número dos. Soy rica…
asquerosamente rica. Y no he hecho nada para ganar ese dinero… solo casarme con un hombre rico. Me
estremezco cuando mi mente vuelve a nuestra conversación sobre acuerdos prematrimoniales. Fue el
domingo después de su cumpleaños. Estábamos todos sentados a la mesa de la cocina, disfrutando de un