Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 280

poco y descubro una delicada pulsera con colgantes de plata, platino u oro blanco, no sabría decir, pero es absolutamente preciosa. Tiene varios colgantes: la torre Eiffel, un taxi negro londinense, un helicóptero (el Charlie Tango), un planeador (el vuelo sin motor), un catamarán (el Grace), una cama y ¿un cucurucho de helado? Le miro sorprendida. —¿De vainilla? —dice encogiéndose de hombros como disculpándose y no puedo evitar reírme. Por supuesto. —Christian, es preciosa. Gracias. Es «briosa». Sonríe. Mi favorito es uno con forma de corazón. Además es un relicario. —Puedes poner una foto o lo que quieras dentro. —Una foto tuya. —Le miro con los ojos entornados—. Siempre en mi corazón. Me dedica esa preciosa sonrisa tímida tan suya que me parte el corazón. Examino los dos últimos colgantes: Una C… Claro, yo soy la primera que le llama por su nombre. Sonrío al pensarlo. Y por último una llave. —La llave de mi corazón y de mi alma —susurra. Se me llenan los ojos de lágrimas. Me lanzo hacia donde está él, le rodeo el cuello con los brazos y me siento en su regazo. —Qué regalo más bien pensado. Me encanta. Gracias —le susurro al oído. Oh, huele tan bien… A limpio, a ropa recién planchada, a gel de baño y a Christian. Como el hogar, mi hogar. Las lágrimas que ya amenazaban empiezan a caer. Él gruñe bajito y me abraza. —No sé qué haría sin ti. —Se me quiebra la voz cuando intento contener el abrumador cúmulo de emociones que siento. Él traga saliva con dificultad y me abraza más fuerte. —No llores, por favor. Sorbo por la nariz en un gesto muy poco femenino. —Lo siento. Es que estoy feliz, triste y nerviosa al mismo tiempo. Es un poco agridulce. —Tranquila —dice con una voz tan suave como una pluma. Me echa la cabeza hacia atrás y me da un beso tierno en los labios—, lo comprendo. —Lo sé —susurro y él me recompensa de nuevo con su sonrisa tímida. —Ojala estuviéramos en casa y las circunstancias fueran más felices. Pero tenemos que estar aquí. — Vuelve a encogerse de hombros como disculpándose—. Vamos, levántate. Después de desayunar iremos a ver a Ray. Me visto con los vaqueros nuevos y una camiseta. Mi apetito vuelve brevemente durante el desayuno en la suite. Sé que Christian está encantado de verme comer los cereales con el yogur griego. —Gracias por pedirme mi desayuno favorito. —Es tu cumpleaños —dice Christian—. Y tienes que dejar de darme las gracias. —Pone los ojos en blanco un poco irritado pero con cariño, creo.