Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 272
—Me han dejado comprar su astillero por un precio menor del que yo estaba dispuesto a pagar.
¿Acaba de comprar un astillero?
—¿Y eso es bueno?
—Sí, es bueno.
—Pero creía que ya tenías un astillero aquí.
—Así es. Vamos a usar este para hacer el equipamiento exterior, pero construiremos los cascos en Extremo
Oriente. Es más barato.
Oh.
—¿Y los empleados del astillero de aquí?
—Los vamos a reubicar. Tenemos que limitar las duplicidades al mínimo. —Me da un beso en el pelo—.
¿Vamos a ver a Ray? —me pregunta con voz suave.
La UCI de la sexta planta es una sala sencilla, estéril y funcional, con voces en susurros y máquinas que
pitan. Hay cuatro pacientes, cada uno encerrado en una zona de alta tecnología independiente. Ray está en un
extremo.
Papá…
Se le ve tan pequeño en esa cama tan grande, rodeado de todas esas máquinas… Me quedo impresionada.
Mi padre nunca ha estado tan consumido. Tiene un tubo en la boca y varias vías pasan por goteros hasta las
agujas, una en cada brazo. Le han puesto una pinza en el dedo y me pregunto vagamente para qué servirá.
Una de sus piernas descansa encima de las sábanas; lleva una escayola azul. Un monitor muestra el ritmo
cardiaco: bip, bip, bip. El latido es fuerte y constante. Al menos eso lo sé. Me acerco lentamente a él. Tiene el
pecho cubierto por un gran vendaje inmaculado que desaparece bajo la fina sábana que le cubre de la cintura
para abajo.
Me doy cuenta de que el tubo que le sale de la boca va a un respirador. El sonido que emite se entremezcla
con el pitido del monitor del corazón, creando una percusión rítmica. Extraer, bombear, extraer, bombear,
extraer, bombear… siguiendo el compás de los pitidos. Las cuatro líneas de la pantalla del monitor del
corazón se van moviendo de forma continua, lo que demuestra claramente que Ray sigue con nosotros.
Oh, papá…
Aunque tiene la boca torcida por el respirador, parece en paz ahí tumbado y casi dormido.
Una enfermera menuda está de pie en un lado de la sala, comprobando los monitores.
—¿Puedo tocarle? —le pregunto acercando la mano.
—Sí. —Me sonríe amablemente. En su placa de identificación pone KELLIE RN y debe de tener unos
veintipocos. Es rubia con los ojos muy, muy oscuros.
Christian se queda a los pies de la cama, observando mientras cojo la mano de Ray. Está
sorprendentemente caliente y eso es demasiado para mí. Me dejo caer en la silla que hay junto a la cama,
coloco la cabeza sobre el brazo de Ray y empiezo a llorar.
—Oh, papá. Recupérate, por favor —le susurro—. Por favor.
Christian me pone la mano en el hombro y me da un suave apretón.
—Las constantes vitales del señor Steele están bien —me dice en voz baja la enfermera Kellie.