Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 228
de la música.
Madre mía…
—Creo que ella sabe cuidarse solita —grita el gigante rubio mientras se toca la mejilla donde le he
abofeteado. De repente, sin previo aviso, Christian le da un puñetazo. Es como si lo estuviera viendo todo a
cámara lenta. Un puñetazo perfectamente dirigido a la barbilla y a tal velocidad (aunque con el gasto mínimo
de energía) que el gigante rubio ni siquiera lo ve venir. Aterriza en el suelo como un saco de arena.
¡Joder!
—¡Christian, no! —chillo asustada, poniéndome delante de él para frenarle. Mierda, es capaz de matarlo—.
¡Ya le he golpeado yo! —le grito por encima de la música.
Christian ni siquiera me mira; tiene la vista clavada en el hombre rubio con una maldad que nunca antes
había visto en su mirada. Bueno, tal vez una vez: cuando Jack Hyde se propasó conmigo.
Las otras personas de la pista de baile se apartan como las ondas de un estanque, abriendo un espacio a
nuestro alrededor y manteniéndose a una distancia prudencial. El gigante rubio se pone de pie en el mismo
momento en que llega Elliot para reunirse con nosotros.
¡Oh, no! Kate está a mi lado, mirándonos a todos con la boca abierta. Elliot agarra a Christian del brazo y
Ethan aparece también.
—Tranquilos, ¿vale? No tenía mala intención. —El gigante rubio levanta las manos derrotado y se retira
apresuradamente. Christian le sigue con la mirada hasta que sale de la pista de baile. Continúa sin mirarme.
La canción cambia: pasa de la letra explícita de «Sexy Bitch» a un tema de baile tecno y repetitivo, con una
mujer que canta con una voz vehemente. Elliot me mira a mí, después a Christian, y decide por fin soltarle el
brazo y llevarse a Kate para bailar con ella. Yo le rodeo el cuello con los brazos a Christian y él por fin
establece contacto visual conmigo, con los ojos todavía ardiendo de una forma primitiva y feroz. Un destello
de adolescente con ganas de pelea. Madre mía…
Me examina la cara.
—¿Estás bien? —pregunta por fin.
—Sí. —Me froto la palma intentando que desaparezca el escozor y le acaricio el pecho.
Me late la mano. Nunca antes le había dado una bofetada a nadie. ¿Qué mosca me habrá picado? Que
alguien me toque sin permiso no es un crimen contra la humanidad, ¿no?
Pero en el fondo sé por qué le he dado la bofetada; instintivamente he sabido cómo iba a reaccionar
Christian al ver a un extraño poniéndome las manos encima. Sabía que eso le haría perder su valioso
autocontrol. Y pensar que un don nadie cualquiera puede sacar de quicio a mi marido, a mi amor, me ha
puesto hecha una furia. Una verdadera furia.
—¿Quieres sentarte? —me pregunta Christian por encima del ritmo machacón.
Oh, vuelve conmigo, por favor.
—No. Baila conmigo.
Me mira inescrutable y no dice nada.
Tócame… canta la mujer.
—Baila conmigo —repito. Sigue furioso—. Baila. Christian, por favor. —Le cojo las manos.
Christian vuelve a mirar al sitio por donde se ha ido ese tío, pero yo empiezo a moverme contra su cuerpo y