Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 198
que quería: esta conexión, esta demostración de nuestro amor.
—Córrete para mí, nena —me pide en voz muy baja. Cierro los párpados con fuerza y mi cuerpo se tensa
al oír el sonido de su voz. Entonces me dejo llevar por el clímax y me corro en una espiral poderosa e intensa.
Él se queda quieto con la frente apoyada contra la mía y susurra mi nombre muy bajito, me abraza y también
se abandona al orgasmo.
Me levanta con cuidado y me tumba en la cama. Me quedo tumbada en sus brazos, agotada y al fin
satisfecha. Christian me acaricia el cuello con la nariz.
—¿Mejor ahora? —me pregunta en un susurro.
—Mmm.
—¿Nos vamos a la cama o quieres dormir aquí?
—Mmm.
—Señora Grey, hábleme —pide divertido.
—Mmm.
—¿Eso es todo lo que puedes articular?
—Mmm.
—Vamos, te voy a llevar a la cama. No me gusta dormir aquí.
Me muevo a regañadientes y me giro para mirarlo.
—Espera —le digo. Me mira y parpadea, los ojos muy abiertos e inocentes. Se le ve satisfecho—. ¿Estás
bien? —le pregunto.
Asiente sonriendo travieso como un adolescente.
—Ahora sí.
—Oh, Christian. —Frunzo el ceño y le acaricio su preciosa cara—. Te preguntaba por la pesadilla.
Su expresión se tensa un instante y después cierra los ojos y me abraza con más fuerza, escondiendo la cara
en mi cuello.
—No —dice en un susurro ronco.
Me da un vuelvo el corazón y yo también le abrazo fuerte y le acaricio la espalda y el pelo.
—Lo siento —digo alarmada por su reacción. Maldita sea, ¿cómo puedo saber cómo va a reaccionar con
estos cambios de humor? ¿De qué iba la pesadilla? No quiero causarle más dolor haciéndole revivir los
detalles—. No pasa nada —murmuro suavemente, deseando que vuelva a ser el niño juguetón de hace un
momento—. No pasa nada —repito tranquilizadora.
—Vamos a la cama —me dice en voz baja un momento después.
Se aparta de mí, dejándome vacía y necesitada de su contacto, y se levanta de la cama. Yo también me
levanto, envuelta en la sábana de seda, y me agacho para recoger mi ropa.
—Déjala —me dice, y antes de que me dé cuenta me coge en brazos—. No quiero que tropieces con esa
sábana y te rompas el cuello. —Le rodeo con los brazos, asombrada de que ya haya recobrado la compostura,
y le acaricio con la nariz mientras me lleva al dormitorio en el piso de abajo.
Abro los ojos de par en par. Algo no está bien. Christian no está en la cama, aunque aún es de noche. Miro el