Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 176

—Bien. Nos ha hecho pasar una temporada muy difícil a mi marido y a mí. —He hablado largo y tendido con el señor Grey esta mañana. Está muy aliviado. Un hombre interesante su marido. No se hace una idea… —Sí, creo que así es. —Le sonrío educadamente y él entiende que con eso ha acabado aquí. —Si se le ocurre algo más, llámeme. Tome mi tarjeta. —Saca con dificultad una tarjeta de la cartera y me la pasa. —Gracias, detective. Lo haré. —Que tenga un buen día, señora Grey. —Igualmente. Cuando se va me pregunto de qué irán a acusar a Hyde. Seguro que Christian no me lo dice. Frunzo los labios. Volvemos en coche en silencio al Escala. Sawyer es el que conduce esta vez y Prescott va a su lado. El corazón se me va cayendo poco a poco a los pies conforme nos acercamos. Sé que Christian y yo vamos a tener una gran pelea y no sé si tengo fuerzas. Cuando subo en el ascensor desde el garaje con Prescott a mi lado, intento poner en orden mis pensamientos. ¿Qué es lo que quiero decir? Creo que ya se lo he dicho todo en el correo. Tal vez ahora él me dé algunas respuestas. Eso espero. No puedo controlar mis nervios. El corazón me late con fuerza, tengo la boca seca y me sudan las manos. No quiero pelear. Pero a veces él se pone difícil y yo necesito mantenerme firme. Las puertas del ascensor se abren y aparece el vestíbulo, otra vez en perfecto orden. La mesa está de pie y tiene un jarrón nuevo encima con un precioso ramo de peonías rosa pálido y blanco. Echo un vistazo rápido a los cuadros según vamos pasando: las madonas parecen todas intactas. Ya han arreglado la puerta del vestíbulo que estaba rota y vuelve a cumplir su función; Prescott me la abre amablemente para que pase. Ha estado muy callada todo el día. Creo que me gusta más así. Dejo el maletín en el pasillo y me encamino al salón, pero me paro en seco al entrar. Oh, vaya… —Buenas noches, señora Grey —dice Christian con voz suave. Está de pie junto al piano vestido con una camiseta negra ajustada y unos vaqueros… «Esos» vaqueros, los que normalmente lleva en el cuarto de juegos. Madre mía. Son unos vaqueros claros muy lavados, ceñidos y con un roto en la rodilla, que le quedan de muerte. Se acerca a mí descalzo, con el botón superior de los vaqueros desabrochado y los ojos ardientes que me miran fijamente. —Que bien que ya estés en casa. Te estaba esperando.