Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 153

mí; en este momento está a diez mil metros sobre el Medio Oeste, camino de Nueva York. No sabía que me iba a sentir tan alterada y ansiosa solo porque Christian estuviera fuera. Seguro que con el tiempo ya no sentiré esta sensación de inseguridad y de pérdida, ¿verdad? Dejo escapar un suspiro y sigo trabajando. Más o menos a la hora de comer empiezo a comprobar frenéticamente mi correo y mi BlackBerry por si me ha mandado un mensaje. ¿Dónde está? ¿Habrá aterrizado bien? Hannah me pregunta si quiero ir a comer, pero estoy demasiado preocupada y le digo que se vaya sin mí. Sé que esto es irracional, pero necesito saber que ha llegado bien. Suena el teléfono de mi oficina y me sobresalta. —Ana Ste… Grey. —Hola. —La voz de Christian es tierna y tiene un punto alegre. Siento que me embarga el alivio. —Hola —le respondo sonriendo de oreja a oreja—. ¿Qué tal el vuelo? —Largo. ¿Qué vas a hacer con Kate? Oh, no. —Solo vamos a salir a tomar unas copas tranquilamente. Christian no dice nada. —Sawyer y la chica nueva, Prescott, van a venir también para hacer a vigilancia —le digo para aplacarle un poco. —Creía que Kate iba a venir al piso. —Sí, pero después de tomar una copa rápida. ¡Por favor, déjame salir por ahí! Christian suspira profundamente. —¿Por qué no me lo habías dicho? —me dice con calma. Demasiada calma. Me doy una patada en la espinilla mentalmente. —Christian, vamos a estar bien. Tengo a Ryan, a Sawyer y a Prescott. Y solo es una copa. Christian permanece en testarudo silencio y percibo que no está nada contento. —Solo he podido quedar con ella unas pocas veces desde que tú y yo nos conocimos. Y es mi mejor amiga… —Ana, no quiero apartarte de tus amigos. Pero creía que habíais quedado en casa. —Vale —concedo—. Nos quedaremos en casa. —Solo mientras esté por ahí ese lunático suelto. Por favor. —Ya te he dicho que sí —le digo exasperada y poniendo los ojos en blanco. Christian ríe un poco al otro lado del teléfono. —Siempre sé cuándo estás poniendo los ojos en blanco aunque no te vea. Miro el auricular con el ceño fruncido. —Oye, lo siento. No quería preocuparte. Se lo voy a decir a Kate. —Bien —dice con alivio evidente. Me siento culpable por haberle preocupado. —¿Dónde estás? —En la pista del aeropuerto JFK. —Oh, acabas de aterrizar… —Sí. Me has pedido que te llamara en cuanto aterrizara.