Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 143
—Me gusta leer, Christian. Dirigir una empresa me apartaría de eso.
—Podrías ser una directiva creativa.
Frunzo el ceño.
—Mira —continúa—, dirigir una empresa que funciona se basa en aprovechar el talento de los individuos
que tienes a tu disposición. Ahí es donde está tu talento y tus intereses; luego estructuras la empresa para
permitir que puedan hacer su trabajo. No lo rechaces sin pensarlo, Anastasia. Eres una mujer muy capaz.
Creo que podrías hacer lo que quisieras solo con proponértelo.
Vaya… ¿Cómo puede saber que eso se me daría bien?
—Me preocupa que me ocupe demasiado tiempo.
Christian frunce el ceño de nuevo.
—Tiempo que podría dedicarte a ti —digo sacando mi arma secreta.
Su mirada se oscurece.
—Sé lo que te propones —susurra divertido.
¡Mierda!
—¿Qué? —pregunto con fingida inocencia.
—Estás intentando distraerme del tema que tenemos entre manos. Siempre lo haces. No rechaces la idea
todavía, Ana. Piénsatelo. Solo te pido eso. —Se inclina y me da un beso casto y después me acaricia la
mejilla con el pulgar. Esta discusión va para largo. Le sonrío y de repente algo que ha dicho antes me viene a
la cabeza sin saber cómo.
—¿Puedo preguntarte algo? —digo con voz suave y tentadora.
—Claro.
—Antes has dicho que si estaba enfadada contigo, que te lo hiciera pagar en la cama. ¿Qué querías decir?
Se queda quieto.
—¿Tú qué crees que quería decir?
Dios, ahora tengo que decirlo…
—Que quieres que te ate.
Levanta ambas cejas por el asombro.
—Eh… no. No era eso lo que quería decir en absoluto.
—Oh. —Me sorprende la ligera decepción que siento.
—¿Quieres atarme? —me pregunta porque obviamente ha identificado mi expresión correctamente. Suena
alucinado. Me ruborizo.
—Bueno…
—Ana, yo… —No acaba la frase y algo oscuro cruza por su cara.
—Christian… —susurro alarmada. Me muevo para quedar tumbada de lado y apoyada en un codo como
él. Le acaricio la cara. Tiene los ojos muy abiertos y llenos de miedo. Sacude la cabeza con tristeza. ¡Mierda!
—. Christian, para. No importa. Solo creía que querías decir eso.
Me coge la mano y se la pone sobre el corazón, que le late con fuerza. ¡Joder! ¿Qué pasa?
—Ana, no sé cómo me sentiría si estuviera atado y tú me tocaras…
Se me eriza el vello. Es como si me estuviera confesando algo profundo y oscuro.