Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Página 124

8 mujer guapa; muy guapa. Lleva el corto de peluquería, con unas G ia Matteo es un y peinado en una mujer alta y corona. Se ha puesto pelotraje pantalón gris claro: unos capas perfectas una sofisticada un pantalones de sport y una chaqueta ajustada que abrazan sus generosas curvas. Su ropa parece cara. En la base de su cuello brilla un solo diamante que va a juego con los pendientes de un quilate que lleva en las orejas. Va muy bien arreglada. Es una de esas mujeres de buena familia que crecieron con dinero. Pero su educación de buena familia se le ha olvidado esta noche. Lleva la blusa azul claro demasiado desabrochada. Igual que yo. Me ruborizo. —Christian. Ana —saluda con una sonrisa que muestra unos dientes blancos perfectos y tiende una mano con una manicura cuidada primero a Christian y después a mí. Es un poquito más baja que Christian, pero lleva unos tacones increíbles. —Gia —la saluda Christian educadamente. Yo sonrío con frialdad. —Qué bien se os ve después de la luna de miel —dice amablemente y mira con sus ojos castaños a Christian a través de sus largas pestañas llenas de rimel. Christian me rodea con el brazo y me acerca a él. —Lo hemos pasado de maravilla, gracias. —Me da un beso rápido en la sien que me pilla por sorpresa. ¿Ves? Es mío. Irritante, exasperante incluso… pero mío. Yo sonrío. Ahora mismo te quiero mucho, Christian Grey. Yo también le rodeo la cintura con el brazo, meto la mano en el bolsillo de atrás de su pantalón y le doy un apretón en el culo. Gia nos sonríe sin ganas. —¿Habéis podido echarle un vistazo a los planos? —Sí —le confirmo. Miro a Christian, que me devuelve la mirada con una ceja levantada, divertido. ¿Qué es lo que le divierte? ¿Mi reacción ante Gia o que le haya tocado el culo? —Acompáñanos, por favor —le dice Christian—. Tenemos aquí los planos —añade señalando la mesa de comedor. Me coge la mano y nos dirigimos a la mesa, con Gia detrás. Por fin recuerdo que tengo modales. —¿Te apetece algo de beber? —le pregunto—. ¿Una copa de vino? —Oh, sí, fantástico —dice Gia—. Blanco seco, si tienes. ¡Mierda! Sauvignon blanc. Eso es un blanco seco, ¿no? Apartándome de mi marido a regañadientes, voy a la cocina. Oigo el sonido del iPod cuando Christian enciende la música. —¿Tú quieres más vino, Christian? —le digo desde la cocina. —Sí, por favor, nena —dice con voz suave y sonriéndome. Uau… Puede ser tan perfecto a veces y tan insoportable otras… Me estiro para abrir el armario y noto que Christian me está mirando. Tengo la extraña sensación de que Christian y yo estamos haciendo una representación, jugando a algo, pero esta vez desde el mismo bando y