vida, las penurias que pasó y los abusos de los
que fue víctima, y entre tanta desgracia aparecie-
ron dos palabras y una hoja sin firmar,
“QUIERO VIVIR” decían las palabras, y en su
mente estas se repetían cual eco sin fin, pero el
recuerdo no vino solo, le acompañaron lágrimas,
el joven despertó y sentía miedo, pero había
aprendido a ser valiente; tenía frío, pero había
aprendido a soportarlo; se sentía muerto, pero
debía aprender a vivir, y tal vez con algún hueso
roto, se levantó y decidió hacerse cargo de lo que
pasara desde ese momento para adelante con su
vida, por primera vez se sentía vivo, y cami-
nando para adelante empezó su vida.
“Tú que lees esto, ¿Ya firmaste tu testamento?
O esperarás a la muerte para hacer lo que real-
mente deseas”.
RECUERDOS DE UNA MADRE NIÑA
A
proximadamente en los 80’, el terro-
rismo estaba a la orden del día, y en el
pueblo de Pujas vivía Apolinario con su
esposa y sus hijos Ireneo y Maribel, ellos escapa-
ron a las montañas junto con sus compadres Er-
nesto y Berta con su hijo Julio de la misma edad
que la pequeña Maribel.
Todos se fueron a un cerro y llevaron ciertas
ollitas y comida ya que estarían ahí varios días.
Desde el cerro se podía observar que los militares
a diario sacaban a la gente a la plaza y a algunos
los mataban, era muy triste pero era la realidad
que vivían, estuvieron cerca de una semana en el
cerro huyendo de los militares que no se queda-
ban solo en el pueblo, a diario hacían recorridos
por todos los alrededores de Pujas, y las dos fa-
milias que estaban en la montaña ya no comían
varios días.
Al pasar el tiempo los militares salieron del
pueblo y Doña Berta que veía que los niños y el
joven Ireneo ya no resistían sin comer los mandó
a que recolectaran leña, y puso su ollita para co-
cinar una sopa, a lo que Apolinario se opuso ya
que si hacían fuego, el humo que se generaría
mostraría su ubicación y los militares al ver a
personas fuera del pueblo las tildarían de terro-
ristas e ipso facto las asesinarían; pero el hambre
pudo más y dejando transcurrir unas horas, em-
pezaron a cocinar.
Deleitándose de la sopita creían que ya todo
iba a estar bien, pero apenas acabaron de comer,
un disparo al aire sembró el pánico y todos em-
pezaron a correr. Apolinario aceleradamente
agarró la mano de un infante, él quería real-
mente agarrar a su pequeña hija pero en lugar de
ella agarró a Julio y empezaron a correr, dejando
a la niña sola.
Maribel en su desesperación solo atino a es-
conderse detrás de un arbusto, y los militares pa-
saban de un lado a otro rebuscando las cosas que
dejaron, las ollitas y cáscaras, y la niña increíble-
mente pasaba desapercibida, quien sabe cuál hu-
biera sido su suerte si los militares la encontra-
ban. Ella solo se quedó ahí, llorando en silencio,
pensando que su familia la había dejado a su
suerte.
Pasaron las horas y los militares ya se habían
retirado pero en su camino se podían escuchar
varios disparos, la pequeña pensaba que su fami-
lia estaba muerta, y en la noche salió y bajó la
montaña. Por suerte reconoció el lugar, había
una chocita de su tío Victor a donde fue co-
rriendo y gritando: “Tío tío, mataron a mis pa-
dres, ayúdame por favor”, pero nadie respondió,
la choza estaba vacía y Maribel se quedó llo-
rando a gritos. Al rato apareció su tío y la re-
gañó:
—No grites, niña tonta, atraerás a los milita-
res.
—Tío mataron a mis padres, por favor déjame
estar contigo —decía la pequeña.
El tío Víctor la llevó a una quebrada, que era
donde estaba su esposa y sus hijos, y le dijo a la
pequeña:
—Te quedarás por esta noche con nosotros,
mañana tendrás que irte, de seguro ya te siguie-
ron los militares.
La pequeña aceptó la condición y a la mañana
siguiente se fue. Entre lágrimas caminaba, sin sa-
ber qué hacer o a dónde ir, y de pronto, un sil-
bido le trajo alegría, la más grande alegría, era su
hermano, Ireneo, que estaba escondido entre los
arbustos, y al ver a su hermana salió de su escon-
dite para correr a abrazarla. Entre abrazos le
contó lo que realmente había pasado, la llevó a
donde su padre y madre estaban, Apolinario al
ver a Maribel la abrazó y entre lágrimas le supli-
caba que la perdone.
Página 19