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Sergio
CUENTO
SOLITARIO
Y
a en la guerra, las tropas caían y solo
quedaba un grupo en desarrollo. A este
grupo le darían las mejores armas, el me-
jor alimento, la mejor preparación; sería este el
escuadrón “definitivo”.
Siendo éste el último y no teniendo la Nación
más que perder, se le concedió a cada soldado un
deseo, ya sea la joya más cara, el invento más
reciente o ser dueño de una ciudad; el deseo po-
día ser cualquiera, pero solo se les concedería si
estos llegasen a morir (claro está que muchos sol-
dados teniendo familiares pensaron en ellos y sa-
biendo de su condición firmaron su testamento
sin pensarlo dos veces).
Un joven por su habilidad, astucia y fuerza
había llegado a esta tropa, pero a pesar de sus
virtudes, no era suficiente para compararse con
la experiencia y frialdad que tenían sus compa-
ñeros que ya habían estado en otras batallas. Él
tenía miedo.
Huérfano de padre y madre, maltratado y ex-
plotado por todos aquellos que llegaron a “cui-
darlo”. En esencia era él un Lazarillo más en este
mundo que no concede simpatía ni piedad. Cada
logro o cosa que obtuvo le fue arrebatado por sus
protectores, aprendió a vivir así, sin tener nada y
así decidió morir… en la nada.
Pero las horas pasaban y él no dejaba de pen-
sar en una palabra… MUERTE. ¿Quería morir
sin nada? Caviló y se encerró en sus pensamien-
tos, no quería aceptar la idea de morir sin nada,
ver esa hoja (testamento) lo llenaba de terror. Y
por una noche, enloqueció.
A la mañana siguiente debía escribir ya su de-
seo en dicho papel y armándose de valor escribió
solo dos palabras, pero no dejo firma alguna ya
que el papel no dejaba de ser un testamento y fir-
marlo sería aceptar su muerte.
Llegó el momento de estar en combate, eran
aproximadamente quinientos los soldados que
enfrentarías al enemigo, quinientos era un nú-
mero escaso para una guerra. Pero siendo ellos
los mejores combatientes, como era de esperar,
ganaron las primeras batallas.
Pasó el tiempo y los enfrentamientos no cesa-
ban, cada batalla traía un compañero perdido y
nuestro joven se acostumbró a eso. Ver muerte a
diario le trajo frialdad y con el tiempo le hizo ol-
vidar del miedo. Y había olvidado algo más, sí,
que existía un testamento.
Bordear la victoria y perder compañeros se
volvió algo cotidiano, tanto así, que llegando
casi al núcleo enemigo y luego de sufrir muchas
emboscadas, nadie soltó una expresión de dolor
al perder a un amigo.
Mientras más se adentraban más era el peli-
gro, el resultado de múltiples ataques les dejó
solo con cinco hombres.
Estos debían dar el golpe final y ganar la gue-
rra. Para suerte aun contaban con el general, era
el más sobresaliente de todos y además era el que
mejor organizaba las estrategias de batalla. Se
podría decir que gracias a él, habían llegado
hasta ese punto.
Estos soldados, en la última noche, compar-
tieron sus anécdotas y entonces surgió el tema
sobre lo que escribieron en sus testamentos. El
joven recordó el testamento pero había olvidado
que era lo que decía en dicha hoja, y cuando fue
el turno de contar a sus compañeros sobre su tes-
tamento, sólo se quedó callado.
Al día siguiente todos despertaron y se alista-
ron para la batalla final, los cinco hombres subie-
ron una colina y desde ahí podían observar a sus
adversarios que no eran muchos que, al igual que
ellos, habían perdido muchos hombres. Se les
veía cansados y sin ganas de seguir luchando;
aun así los cinco hombres salieron a luchar.
Los enemigos ya cansados al ver a solo cinco
hombres que harían frente a la batalla, se moti-
varon y se lanzaron sin pensarlo dos veces, pero
no contaban con que estos cinco hombres habían
sido preparados para lo que sea, no pensaron que
estos hombres al igual que ellos ya querían aca-
bar con esta guerra, y empezó la batalla.
Uno a uno fueron cayendo los hombres, la
sangre bañaba el campo ¿que escribió en su tes-
tamento?, algo ridículo podrás pensar pero en
verdad solo pensaba en eso. Los cinco guerreros
fueron cayendo uno a uno y con ellos los enemi-
gos, al final solo quedaron el General y nuestro
joven, ambos desangrándose y esperando la
muerte. El General le dijo al joven, “espero que
hayas tenido una buena vida” y terminando es-
tas palabras cerró sus ojos… El joven que agoni-
zando vio a su compañero morir, solo soltó una
sonrisa burlándose de sí mismo; entró en un
sueño con toques de pesadilla, recordó toda su