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Página 18 de 20 Sergio CUENTO SOLITARIO Y a en la guerra, las tropas caían y solo quedaba un grupo en desarrollo. A este grupo le darían las mejores armas, el me- jor alimento, la mejor preparación; sería este el escuadrón “definitivo”. Siendo éste el último y no teniendo la Nación más que perder, se le concedió a cada soldado un deseo, ya sea la joya más cara, el invento más reciente o ser dueño de una ciudad; el deseo po- día ser cualquiera, pero solo se les concedería si estos llegasen a morir (claro está que muchos sol- dados teniendo familiares pensaron en ellos y sa- biendo de su condición firmaron su testamento sin pensarlo dos veces). Un joven por su habilidad, astucia y fuerza había llegado a esta tropa, pero a pesar de sus virtudes, no era suficiente para compararse con la experiencia y frialdad que tenían sus compa- ñeros que ya habían estado en otras batallas. Él tenía miedo. Huérfano de padre y madre, maltratado y ex- plotado por todos aquellos que llegaron a “cui- darlo”. En esencia era él un Lazarillo más en este mundo que no concede simpatía ni piedad. Cada logro o cosa que obtuvo le fue arrebatado por sus protectores, aprendió a vivir así, sin tener nada y así decidió morir… en la nada. Pero las horas pasaban y él no dejaba de pen- sar en una palabra… MUERTE. ¿Quería morir sin nada? Caviló y se encerró en sus pensamien- tos, no quería aceptar la idea de morir sin nada, ver esa hoja (testamento) lo llenaba de terror. Y por una noche, enloqueció. A la mañana siguiente debía escribir ya su de- seo en dicho papel y armándose de valor escribió solo dos palabras, pero no dejo firma alguna ya que el papel no dejaba de ser un testamento y fir- marlo sería aceptar su muerte. Llegó el momento de estar en combate, eran aproximadamente quinientos los soldados que enfrentarías al enemigo, quinientos era un nú- mero escaso para una guerra. Pero siendo ellos los mejores combatientes, como era de esperar, ganaron las primeras batallas. Pasó el tiempo y los enfrentamientos no cesa- ban, cada batalla traía un compañero perdido y nuestro joven se acostumbró a eso. Ver muerte a diario le trajo frialdad y con el tiempo le hizo ol- vidar del miedo. Y había olvidado algo más, sí, que existía un testamento. Bordear la victoria y perder compañeros se volvió algo cotidiano, tanto así, que llegando casi al núcleo enemigo y luego de sufrir muchas emboscadas, nadie soltó una expresión de dolor al perder a un amigo. Mientras más se adentraban más era el peli- gro, el resultado de múltiples ataques les dejó solo con cinco hombres. Estos debían dar el golpe final y ganar la gue- rra. Para suerte aun contaban con el general, era el más sobresaliente de todos y además era el que mejor organizaba las estrategias de batalla. Se podría decir que gracias a él, habían llegado hasta ese punto. Estos soldados, en la última noche, compar- tieron sus anécdotas y entonces surgió el tema sobre lo que escribieron en sus testamentos. El joven recordó el testamento pero había olvidado que era lo que decía en dicha hoja, y cuando fue el turno de contar a sus compañeros sobre su tes- tamento, sólo se quedó callado. Al día siguiente todos despertaron y se alista- ron para la batalla final, los cinco hombres subie- ron una colina y desde ahí podían observar a sus adversarios que no eran muchos que, al igual que ellos, habían perdido muchos hombres. Se les veía cansados y sin ganas de seguir luchando; aun así los cinco hombres salieron a luchar. Los enemigos ya cansados al ver a solo cinco hombres que harían frente a la batalla, se moti- varon y se lanzaron sin pensarlo dos veces, pero no contaban con que estos cinco hombres habían sido preparados para lo que sea, no pensaron que estos hombres al igual que ellos ya querían aca- bar con esta guerra, y empezó la batalla. Uno a uno fueron cayendo los hombres, la sangre bañaba el campo ¿que escribió en su tes- tamento?, algo ridículo podrás pensar pero en verdad solo pensaba en eso. Los cinco guerreros fueron cayendo uno a uno y con ellos los enemi- gos, al final solo quedaron el General y nuestro joven, ambos desangrándose y esperando la muerte. El General le dijo al joven, “espero que hayas tenido una buena vida” y terminando es- tas palabras cerró sus ojos… El joven que agoni- zando vio a su compañero morir, solo soltó una sonrisa burlándose de sí mismo; entró en un sueño con toques de pesadilla, recordó toda su