princesa, que Operd reconoció como su madre. Un elfo pequeño y rubio se escondía tímidamente detrás de unas columnas. «Ése soy yo», pensó Operd. Edith estaba pálida y ojerosa; se veía que un gran mal la atormentaba.
—El reino de Leria os da la bienvenida, gran Farconisc.
Los dos se estrecharon las manos y los presentes aplaudieron, y de esta manera dieron comienzo las fiestas con gran algarabía. Abundaban la comida y el entretenimiento y reinaba la alegría en el lugar.
—Le pido que me conceda dos minutos de su tiempo, ¡oh, gran rey! —solicitó Farconisc con voz ceremoniosa.
—Hablemos —aceptó el rey al tiempo que se levantaba.
Ambos se apartaron hacia un sitio más tranquilo, en uno de los patios interiores. Cuando estuvieron solos, Farconisc le dijo:
—Edith sufre y quiero llevarla conmigo. Quiero que viva entre los elfos. Si está dispuesta a adaptarse a nuestra forma de vida, se le concederá la inmortalidad y no tendrá que seguir sufriendo.
—Mi lugar está aquí, con mi pueblo —intervino Edith, que los había seguido y escuchaba la conversación.
Su padre permaneció en silencio.
—Pero morirás, y yo no puedo soportarlo.
—Y yo no puedo concebir vivir entre los elfos, cuando mi gente me necesita. Te amé, Farconisc, y Dios sabe que fuiste el gran amor de mi vida. Pero he decidido morir entre mi gente y es mi decisión. Tú no podrás hacer nada para evitarlo.
Farconisc se veía triste.
—En fin, si ésa es tu decisión, la aceptaré con todo el dolor de mi alma. Nada puedo yo contra ello. Créeme que estoy dispuesto a salvarte.
—No puedes salvarme de mí misma —sentenció ella.
La visión empezaba a desvanecerse, pero Operd pudo ver que, detrás de una columna, el elfo rubio y pequeño había escuchado la conversación de sus padres.