22 LibreFantasía/nro 3
Se adentraron en ese territorio sagrado. Avanzaban sigilosamente con pasos medidos de sus pies desnudos. Ese sector estaba sumido en un inquietante silencio, ni pájaros, ni animales correteando, tan solo oían sus propias respiraciones y el rasgueó de sus ropas. De todas formas, estaban alertas. El cementerio estaba llegando a su fin, pero también el bosque de los magos. Ya podían vislumbrar a lo lejos la ladera rocosa de una montaña. Allí encontrarían el puesto abandonado del sur. De pronto, antes de que pudieran alegrarse, una de las tumbas emitió un alarido lastimero. A continuación, todas las demás se sumaron al estruendoso chillido.
―¡Corre! ―urgió Greg mientras se tapaba los oídos.
A toda velocidad, ya sin importarle pisar las tumbas, ambos licántropos emprendieron la huida. Una bola de fuego pasó rugiendo muy cerca de sus cabezas y encendió unos árboles como si fuesen antorchas. Los lobos se voltearon y vieron corriendo hacia ellos a tres magos ataviados de túnicas negras, máscaras y armados de varitas. Uno de ellos, murmuró un conjuro y lanzó unas cadenas que se enroscaron como serpientes en los pies de Greg. El lobo cayó al suelo de bruces. Ni bien toco el suelo, se quitó la mochila y se la lanzó a Aldo. Éste tomó el bolso pero, con la boca abierta, las pulsaciones descontroladas, en lugar de huir, cargó su arco y, mordiéndose el labio inferior, concentrado, disparó una flecha tras otra. Sus ataques silbaron al cortar el aire. Logró darle en la mano a uno de los magos. Éste gritó dolorido y dejó caer su varita. Los restantes, de inmediato, crearon un campo de fuerza de energía sobre ellos, como una gran burbuja luminosa. Aldo aprovechó y, tras un resoplido, subió a Greg sobre sus hombros. Corrió a toda velocidad. Más bolas de fuego, haces de luz de varios colores y más cadenas pasaron a su lado, hasta que al fin, tras saltar un arbusto, salieron del bosque de los magos. Entonces, los alaridos de las tumbas cesaron en sus lamentos.
Aldo dejó a Greg y se tomó las rodillas mientras intentaba recuperarse.
―Aldo, no debías… gracias… ―balbuceó Greg al tiempo que se sentaba en el suelo e intentaba quebrantar las cadenas tirando de ellas. Gruñó furioso, su rostro se puso colorado del esfuerzo.
Aldo tomó una roca, se agachó y lo ayudó a romper los eslabones. La piedra resonaba al impactar contra el acero hasta que al fin logró quebrar la cadena. Greg suspiró aliviado y al levantar sus ojos, se encontró con los de su compañero. Sus bocas tan próximas. Respirando con ansias, nerviosos, temblando, se fueron acercando como si sus labios fueran víctimas de una poderosa fuerza magnética.
<<Consigue una hembra pronto, Greg. Quiero nietos>>, recordó y, sobresaltado, como si despertara de un sueño, bajó la mirada y se entretuvo en desenredar los restos de la cadena de sus pies: