echara de la habitación.
Esa tarde mientras el joven andaba por la ciudad buscando tiendas o restaurantes donde dejar su currículum, tropezó con una joven que llevaba al cuello una cámara fotográfica profesional. La joven quedó impactada al ver los ojos del muchacho, su mirada profunda y atractiva. Se dio cuenta de que llevaba una carpeta con copias de su currículum y supuso que estaba buscando trabajo.
Ella le dijo que estaba buscando personas para una sesión fotográfica para una campaña publicitaria y que él reunía muchas condiciones para ello. Le ofreció que se fuera con ella para hacerle algunas fografías de prueba. El chico, sorprendido y a la vez alividado, aceptó ya que era una oportunidad para conseguir el dinero necesario para pagar la deuda que tenía con su patrona.
Cuando llegaron al estudio de fotografía, vio a otros chicos y chicas a los que les estaban dando los últimos retoques de maquillaje y peluquería antes de comenzar con la sesión de fotos. Las ropas que llevaban puestas eran muy caras y de buen gusto. Nervioso se sentó en un sillón donde empezaron a peinarlo y maquillarlo. Después le dieron un elegante traje de chaqueta para que se lo pusiera y la fotógrafa comenzó a hacerle fotos en el jardín de la casa.
Unos meses después, el joven continuaba trabajaba para el estudio de fotografía, ya había pagado sus deudas e incluso le había adelantado el dinero del alquiler de dos meses que era el tiempo que le queda por vivir en esa ciudad hasta irse a la capital donde continuaría con su carrera de modelo.
Al año siguiente, casi había olvidado las dificultades económicas por las que había pasado, ahora se había convertido en un famoso modelo al que todos querían tener delante de su cámara.
Verónica Bonilla