Especialmente me gusta la última historia –supongo que no ha sido casualidad acabar el libro con ella-, El cementerio perfecto. Me he sentido envuelta por la descripción hecha a través de los ojos de un ingeniero –arquitecto diseñador de cementerios- que iba construyendo su cementerio removiendo la tierra, arrancando matas de raíces y flores silvestres para hacer el trazado alrededor de un cerro que permitiese a los vivos creer en la eternidad y a los muertos concederles la paz y el consuelo del descanso. Es alegre, bella y natural la descripción que hace.
La muerte no es superable para nuestro mortal ser, pero estas historias convierten en inmortales a los personajes que retratan y a las personas que se puedan ver reflejadas en ellas.
Paso a relatar tres historias que me han gustado y espero que a vosotros también.
Ay, de Lina Meruane. La muerte había deformado nuestra manera de ver la vida. Una madre cuenta su experiencia con la muerte que, según su hija Aitana, es obsesión. Ella y su marido mantienen un negocio familiar de una funeraria. Él hace los féretros y ella prepara a los difuntos. Se preocupa por su hija que está en edad universitaria. Una noche que la espera, como todas las noches, no llega a cenar. La chica cuando va a tomar el autobús, la micro, es arrollada por él, perdiendo la mano que alzó para indicar que se parase. Sin la mano desaparecida, que le falta, su madre no concibe enterrarla y le pide al padre que la busque. Se niega a enterrar a su hija, a saberla muerta.