CAMPO DE BATALLA
Por Vícktor M. Próspero Rangel.
Indudable la lógica en este cuarto; la matemática ha sabido distribuir espacios y multiplicar cada silencio por un tic-tac obligado. La
monotonía no escatima en ir dejando caer puntos suspensivos a mi
lado en un loco intento de rebeldía cuando la quietud transforma
el lugar en un campo de batalla. Hay un espejo contra un inquilino
y el mismo inquilino contra su interior desarmado. Hay un tiempo
en contra de todos y un guerrero a punto de iniciar la batalla.
Soy un bosquejo de irremediables muecas, máscara contra pensadera a dos de hiel caídas. No sucederá nada si el réferi es arbitrario
con uno o con otro, pues está comprobado que otro y otro siempre
suman ser y ser. No se debe nada a sí mismo sino la victoria de
aquél sobre aquél que en exceso ha confundido un pedazo de sueño por el pan de cada día.
Aquí tres por tres es un territorio basto para atentar contra toda
clase de vanidad, aquí caen todas las piezas de ajedrez mostrando
la estrategia oculta en su destino vertical, diagonal o escalonado.
Aquí la ropa (ese muro de uso cotidiano) tiende a caer cruzando el
abismo desde nuestros ojos hasta la llaga del suelo donde las huellas
aún sangran.
Todo en nosotros tiene nombre desde la última saliva gastada en un
gulp de vergüenza hasta la sombra despedazada en que la oscuridad
nos alienta al estudio de nuestra anatomía en tres sencillos pasos:
usar de leña la imagen desnuda de ese alguien vestido de lujuria
y arribar al ombligo cansado de tu mundo mientras vas y vienes
quédate si la conciencia queda sucia lavar y secar colgando frente a
la luna.
Nota: de esta batalla sucia todos salen ganando, incluso aquel que
cede a la derrota porque ceder es precisamente el triunfo.
Palpo mis ideas como si fueran artefactos de colección. No me
entregaré a la amnesia. Sé que sin darme cuenta siempre estaré a
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