Domingo
Ezequiel Hernández Moreno
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Ahí estaba yo a las dos de la tarde, frente a la
ventana del laboratorio con la bata puesta y la
nariz pegada al vidrio, afuera tal vez hacía calor,
el pasto se veía ya seco, pero aún así un par de
pájaros revoloteaban en el aire; siempre me han
gustado los pájaros, son animales libres, yo también soy un animal, pero no soy libre, soy como
un orangután encerrado en la jaula de un zoológico, aunque bueno, tal vez sólo es que yo me siento
así, porque fácilmente podría despegarme de la
ventana, tomar un banco y romper el cristal de la
ventana para salir corriendo, o incluso más fácil
aún, podría abrir la puerta del laboratorio, subir a
la oficina del jefe de la investigación y entregarle
la renuncia que desde hace dos meses tengo guardada en mi maletín.
Y se preguntarán ¿Qué hacía yo metido en un
laboratorio a las dos de la tarde de un domingo?
Básicamente lo mismo que los últimos dos años
vengo haciendo, inútiles pruebas de laboratorio
para poder encontrar una forma de mejores tratamientos para curar el cáncer, cualquiera pensaría
que soy un científico o un héroe, pero no, sólo soy
un tipo con un cerebro promedio y con algo más
de curiosidad; que a decir verdad, preferiría estar
por ahí en alguna casa de un tipo liberal, con mujeres de moral ligera, mucha cerveza y estar hasta
la madre de drogas, pero no, tengo que estar aquí
haciendo pruebas a células inmortales para poder
curar a gente que jamás va a tener dinero para los
medicamentos que yo desarrollaré, pero, ¿Qué me