de las más pequeñas se mezclaban con las nubes de polvo,
que con unos rayos de sol dejaban ver minúsculas refracciones a lo largo de su descenso. Tres fragmentos fueron
admisiblemente mayores. Su parte inferior se conservó
como vestigio de un ser antiguo, tergiversado por una flecha que no lo perdonará. Otro, en un costado, arrastraba
nubes de polvo y fragmentos alargados en su separación,
como una lluvia de navajitas transparentes. Y un tercero
cerca de su parte inferior, próximo a tocar suelo, víctima
del empuje de la mayor cantidad de agua.
Así, mientras colapsaba, lo observé y grabé todos sus detalles en mi memoria hasta que el tiempo volvió a transcurrir de manera normal y ese cadáver se desorganizaba
para fundirse en el suelo con rastros de agua enlodada y
sangre de mis pies descalzos. Y mi madre me gritaba y
Joaquín sólo me observaba, como sabiendo lo que estaba
pasando. Y yo ahí parado, sin decir nada, pensando cómo
comenzaban esos embrujos.
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