LETRINA LETRINA #4 Noviembre - diciembre 2012 | Page 38
de agua; manteniéndolos atados todo el tiempo a una vital máscara.
Pero estos dos muchachos, convencidos de que podrán ser salvados,
cruzan un mar de árboles siguiendo a un viejo médico veterinario que
les ha jurado que la cura está en sus manos.
Él atractivo muchacho sostiene la mano de ella con mucha fuerza, no la
quiere perder, casi la arrastra para que no se quede atrás ¡no la puede
dejar ahí!, ya que a pesar de que han sido descubiertos al huir de aquél
edificio, sabe que nadie está dispuesto a venir a rescatarlos. El médico
sigue corriendo, no le importa si ella no puede continuar, sólo necesita
a aquél fuerte muchacho para cargar todo el equipo que lo salvará.
Ella no está nada bien, en sus ojos se muestra perfectamente el terror
que siente al estar ahí; sigue al muchacho, aquél joven a quien ella tanto
ama, pero su mente se aleja de aquél lugar, intentando llevarla hasta el
momento en que lo conoció.
El sol se escondía, la luna empezaba a hacer presencia; el parque estaba
casi vacío, los niños corrían a los brazos de sus madres y el viento
movía las flores de un lado a otro. Ella estaba en un columpio, sentada,
haciendo figuras en la tierra con su frágil dedo pulgar; de vez en cuando
levantaba la mirada para observar a su alrededor y encontrar el rostro
de su madre entre los árboles. Él vagaba entre las bancas, sentándose,
levantándose, caminando un poco y volviéndose a sentar; no sabía que
hacía exactamente ahí, pero tenía un problema que lo había hecho salir
y admirar tan singular hora crepuscular.