LETRINA LETRINA #11 Enero - febrero 2014 | Page 44
mientras levantan un tenue vuelo, huyendo de las manitas de los
niños que las alimentan. Esperaba que el hombre con el que vivía se
calmara y le hablara al teléfono portátil. Mientras tanto dejaría que el
calor la consumiera, ofreciendo el rostro al sol. Era preferible el calor
incendiario a ser consumida por la angustia de permanecer en casa.
No importa perderlo todo. Ese hogar que han adornado a su
capricho, el auto deportivo, el cuerpo delgadísimo producto del
gimnasio por las tardes y las clases de baile en el club social. Los
múltiples regalos e incluso el trabajo en las mañanas le sirven para
huir del aburrimiento. El hastío se enreda cual nauyaca entre sus
piernas, apretando el corazón con las escamas del tedio.
Tampoco importó la amenaza de divorcio. Él estaría con ella
siempre. Lo había dicho en la iglesia junto a las promesas mutuas.
Incluso lloró al ver realizarse el sueño de tener a la niña que siempre
había amado. Vivía para recordárselo. Si a eso pudiera llamarse amor.
Sofía quizá ya no lo intentaba, no quería hacerlo; no estaba segura si
el sentimiento de salir del hogar paterno fue amor por este hombre
o arriesgarse a una vida nueva. Cómo llamar a la relación que los
mantenía juntos al borde del estallido que los conducía a los golpes.
“No eres mi dueño”, solía gritarle a su esposo después de cada pleito.
Pedro estaba conforme con lo poco que ella le daba. Aquel
hombre de cejas cerradas, dientes apretados y pómulos secos sólo
necesitaba saber que él la amaba y eso, ni ella ni nadie podría
evitarlo: “Te lo doy todo y nunca dejaré que te vayas”, decía la voz por
el teléfono. Sofía se seca las lágrimas al regresar a casa, nuevamente
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