LETRINA LETRINA #11 Enero - febrero 2014 | Page 43
La pecera
Sofía compró los peces porque vio atrapada su angustia en esos
ojos. Detrás del cristal de la pecera, esos globos saltones atrapaban
las preguntas que ella acostumbraba hacer al vacío. Sintió la vista
acuática recorrer su piel, los párpados caídos, las mejillas tersas,
bajar por el cuello hasta entrar por el costillar, golpear el plexo para
que la respiración regresara intacta y poder sentirse viva.
La noche anterior a la compra aún tenía las marcas de insomnio
en la cara por el terror a sentirse presa de un amor enfermizo que ya
no compartía. Tenía razón la soledad: era prisionera y los reclamos
de su esposo la iban avejentando. Le llenaban la cara de surcos que,
por más cremas que utilizara, le arañaban el rostro, volviéndole una
anciana treintañera.
De aquel amor inaugural que la había enfrentado a sus padres,
a los compañeros de escuela, no quedaba más que la sombra de
aquel “Es mi decisión” que dijo apretando puños con los ojos
fijos en un futuro prometedor. Ahora los peces, que una tarde de
domingo compró en un tianguis, le muestran su rostro detenido en
las burbujas. Gotas de aire del universo acuático suben a la superficie
y revientan liberando el grito fantasmal que Sofía siente necesario.
Aquella tarde, que hubo de transcurrir entre gritos y amenazas,
fiel a la costumbre de su esposo, Sofía decidió quedarse en el parque
del centro de la ciudad para ver corretear las aves tras las migas
de arroz, intentar una sonrisa al mirarlas desprender sus plumas
43