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siguiente. Le abrazaría en último extremo y vigilaría si sabía ser hombre hasta el fin. Con frecuencia le había advertido el Moñigo: —Al marcharte no debes llorar. Un hombre no debe llorar aunque se le muera su padre entre horribles dolores. Daniel, el Mochuelo, recordaba con nostalgia su última noche en el valle. Dio media vuelta en la cama y de nuevo atisbó la cresta del Pico Rando iluminada por los primeros rayos del Sol. Se le estremecieron las aletillas de la nariz al percibir una vaharada 624 intensa a hierba húmeda y a boñiga. De repente, se sobresaltó. Aún no se sentía movimiento en el valle y, sin embargo, acababa de oír una voz humana. Escuchó. La voz le llegó de nuevo, intencionadamente amortiguada: —¡Mochuelo! Se arrojó de la cama, exaltado, y se asomó a la carretera. Allí abajo, sobre el asfalto, con una cantarilla vacía en la mano, estaba la Uca—uca. Le brillaban los ojos de una manera extraña. —Mochuelo, ¿sabes? Voy a La Cullera a por la leche. No te podré decir adiós en la estación. Daniel, el Mochuelo, al escuchar la voz grave y dulce de la niña, notó que algo muy íntimo se le desgarraba dentro del pecho. La niña hacía pendulear 625 la cacharra de la leche sin cesar de mirarle. Sus trenzas brillaban al sol. —Adiós, Uca—uca —dijo el Mochuelo. Y su voz tenía unos trémolos 626 inusitados. —Mochuelo, ¿te acordarás de mí? Golpe de vaho, olor, calor Oscilar como un péndulo 626 Sucesión rápida de muchas notas iguales, de la misma duración 624 625