Leemos el camino segundo A leemos el camino A con introducción | Página 194
Don José, el cura, que era un gran santo, le dio buenos consejos y le deseó los mayores
éxitos. A la legua se advertía que don José tenía pena por perderle. Y Daniel, el
Mochuelo, recordó su sermón del día de la Virgen. Don José, el cura, dijo entonces que
cada cual tenía un camino marcado en la vida y que se podía renegar de ese camino
por ambición y sensualidad y que un mendigo podía ser más rico que un millonario en
su palacio, cargado de mármoles y criados.
Al recordar esto, Daniel, el Mochuelo, pensó que él renegaba de su camino por la
ambición de su padre. Y contuvo un estremecimiento. Le anegó 622 la tristeza al pensar
que a lo mejor, a su vuelta, don José ya no estaría en el confesionario ni podría llamarle
"gitanón", sino en una hornacina de la parroquia, convertido en un santo de corona y
peana. Pero, en ese caso, su cuerpo corrupto se pudriría junto al de Germán, el Tiñoso,
en el pequeño cementerio de los dos cipreses rayanos 623 a la iglesia. Y miró a don José
con insistencia, agobiado por la sensación de que no volvería a verle hablar, accionar,
enfilar sus ojillos pitañosos y agudos.
Y, al pasar por la finca del Indiano, quiso ponerse triste al pensar en la Mica, que iba a
casarse uno de aquellos días, en la ciudad. Pero no sintió
pesadumbre por no poder ver a la Mica, sino por la necesidad de abandonar el valle
sin que la Mica le viese y le compadeciese y pensase que era desgraciado.
El Moñigo no había querido despedirse porque Roque bajaría a la estación a la mañana
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623
Ahogó
Que confina o linda con algo .