Leemos el camino segundo A leemos el camino A con introducción | Página 114
La sombra de la Mica acompañaba a Daniel, el Mochuelo, en todos sus quehaceres y
devaneos 424 . La idea de la muchacha se encajonó 425 en su cerebro como una obsesión.
Entonces no reparaba en que la chica le llevaba diez años y sólo le preocupaba el
hecho de que cada uno perteneciera a una diferente casta social. No se reprochaba
426 más que el que él hubiera nacido pobre y ella rica y que su padre, el quesero, no se
largase, en su día, a las Américas, con Gerardo, el hijo menor de la señora Micaela.
En tal caso, podría él disponer, a estas alturas, de dos restaurantes de lujo, un
establecimiento de receptores de radio y tres barcos de cabotaje o siquiera, siquiera,
de un comercio de aparatos eléctricos como el que poseían en la ciudad los "Ecos del
Indiano". Con el comercio de aparatos eléctricos sólo le separarían de la Mica los dos
restaurantes de lujo y los tres barcos de cabotaje. Ahora, a más de los restaurantes de
lujo y los barcos de cabotaje, había por medio un establecimiento de receptores de
radio que tampoco era moco de pavo.
Sin embargo, a pesar de la admiración y el arrobo de Daniel, el Mochuelo, pasaron
años antes de poder cambiar la palabra con la Mica, aparte de la amable reprimenda
del día de las manzanas. Daniel, el Mochuelo, se conformaba con despedirla y darle
la bienvenida con una mirada triste o radiante, según las circunstancias. Eso sólo, hasta
que una mañana de verano le llevó hasta la iglesia en su coche, aquel coche negro y
alargado y reluciente que casi no metía ruido al andar. Por entonces, el Mochuelo había
cumplido ya los diez años y sólo le restaba uno para marcharse al colegio a empezar
a progresar. La Mica ya tenía diecinueve para veinte y los tres años transcurridos desde
la noche de las manzanas, no sólo no lastimaron su piel, ni su rostro, ni su cuerpo, sino,
al contrario, sirvieron para que su piel, su cuerpo y su rostro entrasen en una fase de
mayor armonía y plenitud.
—La Mica
puede
buena —
añadió.
—¿Y qué es
eso?
—El olor de los
424 Devaneos: Delirio , desatino , desconcierto .
425 Encajonó: Meter y guardar algo dentro de uno o más cajones .
426 Reprochaba: Reconvenir , echar en cara .