Leemos el camino segundo A leemos el camino A con introducción | Page 107
Daniel, el Mochuelo, tuvo que pensar en otra cosa para no ponerse a llorar. De pronto, el
quesero le detuvo cogiéndole por el cuello:
—Oye, a tu madre ni una palabra, ¿entiendes? No hables de eso si quieres volver de caza
conmigo, ¿de acuerdo?
Al Mochuelo le agradó ahora sentirse cómplice de su padre.
—De acuerdo —dijo.
Al día siguiente, el quesero marchó a la ciudad con el milano muerto y regresó por la tarde.
Sin cambiarse de ropa agarró al Gran Duque, lo encerró en la jaula y se fue a La Cullera, una
aldea próxima.
Por la noche, después de la cena, puso cinco billetes de cien sobre la mesa.
—Oye —dijo a su mujer—. Ahí tienes el rendimiento del Gran Duque. No era un huésped de
lujo como verás. Cuatrocientas me ha dado el cura de La Cullera por él y cien en la ciudad la
Junta contra Animales Dañinos por tumbar al milano.
La madre de Daniel no dijo nada. Su marido siempre había sido obstinado y terco para
defender su postura. Y él no lo ocultaba tampoco: "Desde el día de mi boda, siempre me ha
gustado quedar encima de mi mujer".
Y luego se reía, se reía con gruesas carcajadas, él sabría por qué.