OPINIÓN
la Tiza
¿Giro católico?
atraídas en un primer momento por esta apariencia y fachada de lo que iba a ser -un símbolo identitario más- se sintieron decepcionadas al descubrir que era algo más que una simple moda o tendencia a la que anclar su personalidad durante un tiempo.
Puede que esta visión de la religión desentone un poco con la idea que tenían quienes empezaron escuchando Huracán y apuntándose a Effetá, pero definitivamente denota la necesidad del ser humano de encontrar respuestas en un mundo cada vez más hostil y duro. Y aunque el billete de entrada pueda causar mucha controversia, mientras alguien se anime a leer a Simone Weil en algún punto de su vida, su diluido cometido se habrá cumplido.
Por Irene Garcia Ruiz/ 2º Bachillerato
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SaSer religioso se ha puesto de moda. Artistas, famosos, influencers o gente normal y corriente parece que de pronto han visto la luz.
Hace unas semanas, leí un artículo que afirmaba, que aunque una parte significativa de jóvenes se declara católica (alrededor de un tercio en algunas encuestas), solo una minoría -entre el 8% y el 15% aproximadamente- es realmente practicante. Aunque estos datos pueden parecer discordantes, revelan una situación que cada vez está tomando más fuerza entre la juventud.
España ya no es la que era. La creciente popularidad de contenido multimedia religioso, como “Los Domingos”, “Lux” o “Hakuna”, reafirma el rechazo al ateísmo férreo que proliferó entre generaciones anteriores como forma de rebeldía a la opresión y control impuestos. Pero la “explotación comercial” del catolicismo, ¿realmente ayuda a asimilar el mensaje, o supone solo la
capitalización de algo tan trascendental como la fe?
Tomemos Lux de Rosalía como ejemplo. Al escuchar una de sus canciones se dice que se experimenta una sensación intensa de plenitud, de consuelo, de “presencia de Dios”... Claro, que solo se podría calificar así, si no se hubiera experimentado la fe en la vida. Aunque no lo parezca, no hay cosa más equívoca que clasificar estas dos experiencias como iguales.
La verdadera religiosidad, la que no necesita melodías pegadizas ni simbología llamativa, se manifiesta en la capacidad de comprometer la vida: en la entrega constante a los demás, en la atención a los más vulnerables, incluso en la fidelidad a principios que a veces incomodan y desafían. Seguramente, muchas de las personas