Lascivia No 63 Enero 2020 Lascivia 63 Enero 2020 | Page 248
hacia los lados y tranquilizándose al constatar que nadie los miraba.
Siguió la acción por los brazos y luego por el canalillo, nervioso, presio-
nando su erección contra el respaldo de la silla como intentándola con-
tener. Sin mucho disimulo fue ganando centímetro a centímetro hasta
conseguir manosearle la parte visible de los pechos, que con su volu-
men y la escasez de tela del bikini era más que generosa.
—Luego te tumbas y acabo de ponerte crema —dijo él mientras seguía
disfrutando del obligado masaje.
La madre había soltado ya el libro y lo único que deseaba es que su
hijo tuviera el suficiente sentido común como para no montar una es-
cena en un lugar público, pero Diego parecía no tener fin. Podía notar
sus senos moverse de manera circular, al vaivén de las caricias. Al igual
que con la hermana, no pudo parar. Cada vez necesitaba más hasta que
adentró sus lascivos dedos y consiguió rozar sendos pezones, momen-
to en el que ella también puso fin a la acción, apartándole las manos y
diciéndole:
—¡¡Venga!! ¡Ya está! Ya está hijo, gracias. Anda, vete a dar un baño.
Obedeció. Se limpió el sobrante de crema con la toalla y fue directo a
la masificada piscina, lanzándose al agua rápidamente para disimular
su erección a ojos de los fisgones. Se fue haciendo paso entre la multi-
tud que, saltándose las normas, jugaban con alguna pelota o incluso to-
maban el sol encima de una colchoneta hinchable. En una de las esqui-
nas encontró a su objetivo, su hermana. Esta no fue capaz ni de mirarle
a la cara, consciente de sus tocamientos tanto en casa como en la toalla.
—¿Qué haces? —le preguntó él.
—Nada —fue la única respuesta.
Sin perder el tiempo, el mellizo se fue acercando hasta arrinconarla,
consiguiendo por un momento ensordecer el grito de los niños, el ruido
de los chapoteos y las conversaciones grupales.