Lascivia No 63 Enero 2020 Lascivia 63 Enero 2020 | Page 246
La hermana estaba ofendida, pero ni mucho menos se imaginaba la
gravedad de lo que estaba pasando. La madre se lo tomó mucho más en
serio, cerró los ojos con fuerza, intentando olvidar lo que acababa de
oír. Volvió en sí y, saliendo de la habitación, anunció:
—Un minuto, cojo el coche y me voy.
Llegaron de los primeros a la piscina y pudieron elegir sitio, quedán-
dose con una de las escasas sombrillas por si la necesitaban más adelan-
te. Si la hija lucía un deseable tipito, la madre no tenía nada que envidia-
ble, más voluptuosa, pero sin rastro de grasa a sus treinta y tres años.
Marina tomaba el sol de espaldas tumbada en la toalla mientras que la
madre leía una novela sentada en una de las sillas plegables, luciendo su
inmejorable canalillo. Diego, para variar, intercalaba su mirada entre
las musarañas y las curvas familiares, aburrido y frustrado.
—Hija —dijo la madre sin levantar la vista del libro—. Ponte crema que
llevas ya mucho rato de espaldas.
—Jo, no seas coñazo, madre —contestó ella.
Al mellizo le faltó tiempo, agarró el bote de crema protectora y se aco-
modó al lado de su melliza, anunciando:
—Ya te la pongo yo, vaga.
Marina no sospechó nada, pero a Lola se le erizó el vello. Diego le puso
un pegote de crema en la espalda y comenzó a esparcirlo concienzuda-
mente. Los omoplatos, las lumbares, el cuello, no dejó ni un milímetro
de piel sin protección. La hermana no abrió la boca, sorprendida por la
generosidad del hermano, pero agradecida por no tener que moverse.
Luego hizo lo mismo con las piernas, recorriendo palmo a palmo y re-
creándose especialmente en los muslos. Esa acción no pasó desaperci-
bida para la receptora del masaje, que anunció:
—Vale, vale, ya está, gracias.