LA MARIOLOGÍA DE LA MADRE ÁGREDA ANTONIO MARIA ARTOLA, CP | Page 48

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La Mariología de la Madre Ágreda
fuera el más propicio para el descubrimiento del misterio profundo de la Virgen. Esta es la parte más importante y sustancial de lo que en la autora pertenece al orden de las revelaciones privadas. En ellas la luz divina comunicaba a la autora una comprensión profunda de los textos bíblicos, que se completaba en la captación del sentido mariológico de los mismos. Estas comprensiones profundas proyectaban sobre la mente de la autora un potente foco de luz, a modo de una visión cuyo objeto eran las realidades mismas contenidas en los textos bíblicos. Esta potente luz recreaba a los ojos de la autora el texto bíblico, revelándole sus más recónditos misterios. Es así como la primera y decisiva intuición totalizante sobrenatural la recibió cuando se le reveló el contenido
50 mariano de Apocalipsis XII. La descripción que de esta experiencia realiza nos lleva ya de la mano a la comprensión de su método exegético. Lo que se le comunicó fue una nueva comprensión del sentido profundo del citado capítulo del Apocalipsis. Su dinámica se desarrolló en tres tiempos. Lo primero que
51 experimentó fue la impresión de que ante sus ojos se descorría un velo. Es el fenómeno típico de lo que en teología se ha llamado la " re-velación ". Descorrerse el velo y " ver " es todo uno. Pero ¿ qué fue lo primero que vio? Una señora vestida de sol, con la luna bajo los pies y coronada de doce estrellas. No era una evocación del cap. XII del Apocalipsis, sino la contemplación de la realidad misma actual, glorificada de la Virgen pero sin saber quién era la señora que se le aparecía. En un primer momento ella no acierta a identificar la persona que así se le manifiesta. Son los ángeles los que le notifican quién es esa persona. Es la mujer del Apocalipsis. Entonces capta la identidad de la visión y su correspondencia bíblica. Es en un segundo momento cuando identifica a la persona de María con la imagen del Apocalipsis. Entonces
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MCD, I, cap. VIII-X. MCD, I, Cap. VIII.