LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Seite 97

Eso fue todo. Al día siguiente él y el profesor habían desaparecido. Nadie dijo nada. 12 El ensayo de Beli fue mucho menos polémico. Me casaré con un hombre guapo y rico. Seré médico también, con hospital propio al que le daré el nombre de Trujillo. llamamos Nerd Clase 2. Pero el tipo era un izquierdista feroz y, a pesar de los peligros, trabajaba valerosamente en su disertación sobre Trujillo. Y qué demonios pasa entre los dictadores y los escritores, ¿eh? Desde antes de la guerra de infausta memoria entre César y Ovidio siempre han tenido problemas. Como los Fantastic Four y Galactus, como los X-Men y la Frater- nidad de Mutantes Malvados, como los Teen Titans y Deathstroke, Foreman y Ali, Morrison y Crouch, Sammy y Sergio, parecían destinados a estar ligados eternamente en los Anales de las Guerras. Rushdie dice que tiranos y es- critorzuelos son antagonistas naturales, pero pienso que eso es demasiado sen- cillo: se lo pone fácil a los escritores. Los dictadores, en mi opinión, conocen la competencia cuando la ven. Igual que los escritores. Al fin y al cabo, se reco- nocen los de la misma calaña. Para abreviar la historia: Cuando El Jefe se enteró de la tesis, primero in- tentó comprarla pero, cuando eso falló, envió a su Nazgul principal (el sepulcral Félix Bernardino) a Nueva York y, en cuestión de días, Galíndez se vio amordazado, empaquetado y arrastrado a La Capital. Cuenta la leyenda que, cuando despertó de su siesta de cloroformo, se encontró desnudo, colgando de los pies sobre una caldera de aceite hirviente, El Jefe parado al lado con un ejemplar de la tesis ofensiva. (¡Y ustedes pensaban que la defensa de su tesis es- tuvo difícil!) ¿A quién coñazo se le hubiera ocurrido algo tan fokin horroroso? Supongo que El Jefe quería celebrar una pequeña tertulia con ese pobre con- denado nerd. ¡Y qué tertulia esa, Dios mío! En fin, la desaparición de Galíndez provocó un alboroto en Estados Unidos, con todos los dedos señalando a Tru- jillo, pero por supuesto él juró su inocencia, y a eso era exactamente a lo que se refería Mauricio. Pero hay por qué tener fe: por cada falange de nerds que cae, siempre hay un puñadito que sobrevive. Poco después de esa muerte tan terrible, un fracatán de nerds revolucionarios desembarcó en una barra de arena en la costa sureste de Cuba. Sí, Fidel y el Team Revolucionario de regreso, buscando revancha con Batista. De los 82 revolucionarios que llegaron a la playa, solo 22 celebraron el Año Nuevo, entre ellos un argentino amante de los libros. Fue un baño de sangre: las fuerzas de Batista mataron hasta a los que se rindieron. Pero esos 22, como la historia se encargaría de demostrar, bastaron. 12. Eso me recuerda el triste caso de Rafael Yépez: Yépez era un hombre que, en los años treinta, dirigía una escuelita preparatoria en la capital, cerca de donde me críe, adonde iban los rateritos del trujillato. Un maldito día, se le ocurrió a Yépez pedirles a los estudiantes que escribieran un ensayo sobre el tema que quisieran -era un tipo abierto, estilo Betances— y, para sorpresa de