LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 86
Beli hizo todo lo que estuvo a su alcance, pero le fue im-
posible sacar plutonio para bombas del uranio ligero de sus
días. Durante sus Años Perdidos, no había tenido educación
alguna y esta ausencia había afectado sus vías neuronales de tal
manera que no podía concentrarse plenamente en el material a
mano. Fueron la terquedad y las expectativas de La Inca las que
mantuvieron a Belicia atada al mástil, aunque se sentía
lamentablemente sola y sus notas eran incluso peores que las de
Wei. (Sería de esperar, se quejaba La Inca, que por lo menos
sacaras mejores notas que una china.) Los demás estudiantes se
inclinaban con furia sobre sus exámenes mientras Beli se
perdía contemplando el huracán de pelo que se formaba en la
nuca de Jack Pujols
Señorita Cabral, ¿ya terminó?
No, maestra. Y entonces se obligaba a volver a la tarea,
como si se sumergiera en contra de su voluntad.
Nadie en el barrio habría imaginado cuánto odiaba la es-
cuela. La Inca no tenía ni idea, por supuesto. El colegio de El
Redentor estaba a un millón de millas del modesto vecindario
de clase obrera donde vivían. Además, Beli hacía todo lo
posible por presentar a su escuela como un paraíso donde se
codeaba con otros Inmortales, un intervalo de cuatro años antes
de la Apoteosis final. Se hizo aún más arrogante: antes, La Inca
había tenido que corregirle la gramática y aconsejarla para que
no usara argot, pero ahora tenía la mejor dicción y locución del
sur de Baní. (Está comenzando a hablar como Cervantes, se
jactaba La Inca con los vecinos. Les dije que ese colegio
valdría la pena.) Beli no tenía amigos -solo Dorca, la hija de la
mujer que le limpiaba a La Inca, que no tenía ni un par de
zapatos y besaba el suelo que Beli pisaba. Ella le montaba a
Dorca tremendos espectáculos. Se quedaba con el uniforme
puesto todo el día hasta que La Inca la obligaba a quitárselo
(¿Qué tú crees, que estas cosas son de gratis?) y hablaba sin
parar de sus compañeros de clase, pintando a cada uno como su
amigo y confidente más cercano; hasta de las muchachas que
se imponían la tarea de no hacerle caso y excluirla de todo,
cuatro jevitas a quienes